Fin de semana en Marte
Viernes"Tengo un viejo aforismo (me dedico a los aforismos mientras ando hecho un andrajo) que dice que el conocimiento es, si no se aplica, peor que la ignorancia. porque si haces conjeturas y no resulta, puedes muy bien decir, mierda, los dioses están contra mí. pero si sabes y no haces, tienes desvanes y pasillos oscuros en la mente por los que bajar y subir y despistarte. eso no es sano, lleva a situaciones desagradables, a beber demasiado y a la máquina de hacer picadillo".
22 de marzo, 1968. Bukowski en las carreras.
17 de noviembre de 1993 y quedan pocos días para mi cumpleaños. Otra vez. Doce meses más a la hoguera. No es ni siquiera un buen tema para pensar en solitario, aunque a 120 kilómetros por hora y con el viento resoplando sobre los papeles del interior de mi coche la cosa no parece para tanto. ForÇa, saluti a tutti, azzurro, auguri a boca di lupo, arrivederci y a presto, ¡Pino! Son ya casi las 12 de la noche. El latiguillo final me indica que Flor de pasión ha terminado, coincidiendo con el tímido bufido nasal del locutor y la última nota de su monográfico sobre Henry Mancini. La música, de una forma tan gratuita como todo lo importante, me ha aliviado de la incómoda sensación de no encontrar rastro de nostalgia por el paso de un año. Preferiría pensar que hubo muchos momentos vacíos, dignos de ser vividos, pero sólo veo desfilar sin rumbo las horas y días en el túnel que yo mismo me fabriqué. Simplemente no siento nada, ni el menor sentimiento de culpa, teniendo las emociones como las tengo: de vacaciones, agarrotadas, embozadas, enfangadas, sucias.
Se me ha instalado un enjambre debajo de cada ojo después de pasar horas delante del ordenador cumpliendo con trabajos que la semana se había ido encargando de retrasar. Apago la radio, se acabó mi programa favorito. Conduzco a toda velocidad y saboreo el silencio de la carretera. Paso a través de viveros, hileras de palmeras que bailan como reinas moras y me recuerdan que vivo en un lugar agradable. Rechazo la idea inmediatamente. Tengo un guardia en la puerta de mis buenos sentimientos. Las terminaciones nerviosas mandan un único mensaje a mi cerebro: soy un ser obstruido.
Conduzco despacio por la calle Velarde, buscando a la vez aparcamiento y a alguien dentro del pub. Está repleto de chavalines y no alcanzo a ver a ninguno de mis amigos detrás de la barra. Acelero un poco para no parecer un imbécil fardando de coche. Aunque, no sé de qué voy a fardar estando como está de hecho polvo el pobre. Tengo dos necesidades más o menos urgentes. Como casi siempre que salgo solo, y últimamente es casi cada vez, estoy nervioso. La perspectiva de no encontrar a nadie en los próximos minutos (segundos) me produce una ansiedad y me deja una cara de atontado que hasta yo me la veo. La otra necesidad es física: la coca cola y los dos cigarros del viaje me han dejado una sensación pastosa. Me vendría bien un whisky que me relaje. Rebuscando en mi interior, ése es el sentimiento más profundo que encuentro.
Tomar algo puede incluso diluir el ácido que me ha dejado en los labios el contacto telefónico con mi jefe. Hoy ha estado especialmente hijoputa. Me ha soltado, sin rodeos, que no me entero de nada y que empezaba a tener la polla llena. La imagen era, de tan explícita, bastante precisa teniendo en cuenta su tono de voz. También era efectiva, porque la suya no es una opinión intrascendente para mí. Y su aseveración venía dirigida a herir mi amor propio, a joderme vivo, a descoyuntar todas las articulaciones que me permiten moverme en la vida real. Paradójicamente, y a través de un extraño conducto de mi imaginación, me he alegrado por él. La noticia de que su pene estaba comenzando a rebosar esperma me ha producido una especie de simpatía solidaria. Aunque, ahora que lo pienso, no ha matizado si su miembro repleto estaba erecto o fláccido. Yo me inclino a aventurar lo último.
- ¡Eh, petardo! - me llama desde la acera Santi, siempre con su risa cantarina -. ¡Va, aparca aquí mismo!
- Hombre, Santi - contesto yo con otra risita que parece un suspiro. Y aparco ahí mismo, en la esquina del bar.
Faltan pocos días para que cumpla 26 y estoy aquí sentado con los hombros caídos, la mirada en el fondo del vaso de tubo y la cazadora de cuero raído aislándome del mundo. Teo y su hermano me sonríen desde detrás de la barra, cada vez que pasan. Yo no acierto a decir la frase adecuada para que el ambiente sea todo lo relajado que quiero. Pero ellos sonríen igual. Unas chicas de menos de 20 años se beben todo lo que les prepara el hermano de Teo. Circulan por sus manos pulcras y adornadas bebidas de color pistacho, fresa y morado. Aspiran por sus pajitas y se ríen de lo que dicen o de lo que creen que dicen los chavales que les miran desde el otro lado del bar. Yo me pongo un poco celoso y les digo alguna tontería utilizando al hermano de Teo como frontón, y parece que funciona. Tampoco pongo mucho empeño en el asunto, intrigado como estoy por lo que hacen Santi y su amigo Piter en el aseo. Estoy demasiado solo subido en mi banqueta para intentar seducir a tres niñas que, mirándolo bien, parecen artistas de cine en miniatura. Sexo en estado puro, y yo tan cansado. Llegan Santi y Piter, visiblemente animados, y se piden efusivos dos vodkas con limón.
- Y ponle otro al petardo. ¿Whiskico no? - decide Santi por mí dándome palmadas en la espalda. Seguramente me iba a pedir otro, pero bueno.
- Claro que sí, lo que haga falta. Aquí o bebemos todos o se mata a la puta - sentencia Santi con su visión personal de los dichos populares.
También aparece Amando con su cohorte de chicas. Va seriamente duchado y afeitado, vestido a la moda posadolescente. Me recuerda que, como no he pasado por casa después de mi conflictivo día, me siento algo arrastrado. Me escuece la barba de dos días, la camisa tiene una mancha de café y no he tenido tiempo de cortarme el pelo. Llevo unas patillas bastante pobladas que endurecen mi cara de niño, pero de una manera un poco forzada. No me ajusto al patrón del que sale a ligar por la noche y de hecho estoy más pendiente de sorber los cubitos de hielo de mi anterior cubata que de las tetas de la de negro. Soy demasiado mayor para asaltar falditas y me sumerjo en el modelo de persona que creo que soy para no desentonar. El segundo cubata cae más rápido mientras Amando se descojona a lo grande. La de negro muestra su alegre par de tetas y los dos nos echamos las manos a la cabeza, levantando las piernas a la altura de los hombros. Supongo que no nos diferenciamos mucho de una pareja de orangutanes demostrando sus poderes. La de al lado sonríe aún más pero no le hacemos mucho caso.
- Tío, dile algo - me pincha Amando.
Yo reacciono instintivamente pidiendo otro cubata.
- Eh, ¿qué vais a hacer? ¿Vais a ir a Camelot? - termina por preguntar él, como quien no quiere la cosa.
- No - responde alborozada la que más sonríe -. Nos vamos a ir a casa enseguida. Tenemos que empollar.
Están un poco borrachas, nosotros más bien contentos. Después de largarles uno de sus clásicos discursos, Amando queda de aquella manera, pero no en Camelot, que está lejos, sino en La Orden. Pero me da que no va a ir, aunque ellas tampoco. Todo es paripé.
- Tío, están todo el rato echando miraditas, que si paquí que si pallá. Y cuando les dices algo, se acojonan. Parece que no quieran pero sí quieren. No entiendo nada. Si fueran ellas las que tuvieran que dar el primer paso.... Y es que siempre somos nosotros los que lo damos. Y hala, batacazo. Dan ganas de mandarlas a la mierda.
Mi amigo me hace un gesto con la cabeza y me enseña una bolsita blanca liada con un alambre color verde. Vamos al aseo, uno detrás del otro, con cierto disimulo. Ésta es de la buena, se la pillé la semana pasada al Moro, me comenta con la pierna sobre la taza del váter y la cartera de cuero sobre la rodilla. Prepara dos bastante gruesas, con cuidado para que no haya ninguna piedra. Me pasa la cartera y me la despacho en un santiamén. Me sube un cosquilleo amargo que abre algún departamento secreto de mi cerebro. Sacudo la cabeza y me dejo caer un segundo sobre la pared. Hablamos pisándonos el uno al otro. Salimos y nos pedimos otro cubata.
- Sí, Loli, la conociste el otro día en el Viena tomando café. Estaba con Suny y Vanesa.
- Pues no sé.
Amando conoce a todo cristo de una edad comprendida entre 17 y 30 años. Da clases a gente de instituto y sigue yendo a la universidad. Cuando estudiábamos juntos ya se le veía venir que ése era su ambiente. Siempre me habla de alguien y me da mil descripciones para que yo caiga.
- Sí, ésa, la Ninfómana. Pues nos fuimos a la playa a estudiar y al final cayó una botella de whisky y la de antes de vino cenando. Vino Leo con perica y nos pasamos hasta las cuatro de la mañana privando y metiéndonos rayas. Y al día siguiente tenía clase.
Rebuzno un poco entre las frenéticas frases de Amando, pero hago poco más. No necesito hablar, un lago artificial con pececitos nerviosos me coletea por dentro. Y la marea está alta.
Nos desperdigamos por la calle. Teo habla con el capullo del burguer de enfrente, el que entra siempre sin saludar a pedir hielo. Su hermano coge la bici; hoy saldrá toda la noche y después piensa ir sin dormir a Guardamar en bici. Santi y Piter nos gritan que si nos vamos ya. Desesperaos. Yo cambio el coche de sitio ahora que hay hueco. Creo que hemos quedado en Rebote, la Puerta Verde, por ahí. Vendrá la cohorte de Amando. El camino se hace rápido, casi no me entero. Pero paramos cada diez pasos porque Amando saluda a todo el mundo, son grupitos de gente del instituto que conoce. Yo me enredo con dos chiquitas que llevan todavía los pañales puestos. Las inflo a piropos, sobre todo a una negrita que es vecina mia y que ha crecido muy deprisa. Se ruborizan pero salen bien del paso a las barbaridades que les digo. Me pongo enfermo de amor por momentos y decido dejar la monserga para seguir la marcha, Amando me está esperando. Le cuento la hazaña y echa el humo del ducados mezclado con obscenidades. Todo está bien.
En Rebote me encuentro con Pascual, que pasa farlopa, pero en contra de mi costumbre lo trato como a un colega. Me señala el aseo con el flequillo. Dentro, intento controlar el merengue de mi sistema nervioso mientras me pone una en el dorso de su mano y me da un canutillo hecho con media pajita. La lleva buena y se lo digo, haciéndome el gourmet. La verdad es que me da exactamente igual, pero en ese momento ni me lo planteo. Salimos al follón. Le insinúo que quiero, le grito al oído que no tengo un duro, me hago un lío con las palabras pero acabo diciéndole que voy al cajero, que me espere. Fuera, rodeo el hombro de Geli, una de las amiguitas de Amando, le escupo un poco al oído y les grito que ahora vuelvo. Me tropiezo con las escaleras del cajero, hablo conmigo mismo y tecleo para que me salgan las instrucciones en inglés. De vuelta en la calle, Pascualín me espera y me dice con exagerada discreción que meta la mano en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Lo hago y vuelvo a repetir la operación, esta vez a la inversa y con un billete de cinco mil.
Entro en el bar de enfrente de Rebote. Está a rebosar y Amando y sus amigas bailan en un rincón. Vamos a la barra. Amando me pone al día de lo que hay que saber. No creo que utilice toda esa información sobre las chicas. Nos tomamos nuestros cubatas mientras brincamos un poco y hacemos los palurdos para entretener a las niñas. Vamos al aseo, que tiene una puerta como la de los salones del oeste. Nos arriesgamos al ver que salen dos tíos que vienen de hacer lo mismo que nosotros vamos a hacer. Dentro hablamos, casi por costumbre, de que debemos tranquilizarnos, que ya está bien de tanta fiesta, con la de cosas que se pueden hacer. Amando asiente torciendo la mandíbula. Yo reconozco para mis adentros que no me he convencido ni a mí mismo y que mañana tampoco me levantaré, que vivo en una inmensa mentira y que debo saltar del tobogán en marcha. Pero no es momento para malos rollos, me empiezan a salir chispas de los ojos y dejo las promesas para más tarde. Salgo con los brazos en cruz. Las chicas siguen bailando, pero no todas se divierten. Bailo y balbuceo incoherencias. De vez en cuando intento decir algo inteligente. Infructuosamente. La música está a tope, ni siquiera me gusta. Ya fuera caminamos de un sitio a otro como un grupo de vaqueros sin pistolas, arqueando bien las piernas y mirando descaradamente a los ojos. Cuando alguna, por un milagro de la naturaleza, los mantiene, la sorpresa es tal que desvío la mirada.
La noche fluye por calles, abrazos, encontronazos, conversaciones livianas y un ajetreado ir y venir por bares y sobre la línea contínua de la carretera. Termino en la costa, a pocos metros del mar, pero no lo veo. Me refugio en la oscuridad de un local que una vez tuvo aspecto de casa de putas y ahora es un antro de hebillas brillantes, camisetas ajustadas, minifaldas fosforescentes y negritud, la más completa negritud. La consigna es flotar mientras dure, aunque el final, el día siguiente, nunca existe. La luz del amanecer siempre es algo inesperado y, por extraño que parezca, una y otra vez se convierte en un puñetazo justo en el esternón del alma. La noche es eterna y el día es su principal enemigo. El segundo anterior a mi siguiente visita al aseo se convierte en un aviso del vacío total. Es un temblor seguido de un espinoso arrecife a mis espaldas. Un salto mortal hacia atrás. Evito la caída libre hacia mi interior y vuelvo a deambular como un zombi por las pistas de baile. El aire acondicionado a bocanadas de la discoteca, de un sabor dulzón, transforma la atmósfera en una ensoñación irreal, surrealista, felliniana. Y a todos esos rostros sin facciones, en un desfile de muertos automáticos unidos por finos hilos de celofán. Encontrar una cara conocida se convierte en una experiencia casi mística, como toparse con el nirvana en un desierto de neblina de fuego. Alguien me rescata del roce de cuerpos y del marcapasos del bafle donde retumban, por enésima vez, los Cool Jerks. Teo me alivia del encuentro con el sol deslizándome generosamente por su conversación. Intento comer, meterme en el cuerpo algo que no sea porquería, algo que no me obstruya.
En el aparcamiento me cruzo con hombres tan perdidos como yo.
- Hola, estoy perdido. Ah, tú también dices que lo estás. Ya somos dos. Espero que algún día nos volvamos a cruzar y no lleves gafas de sol y me des la mano como un hombre y no como un cabestro y recemos frases que nadie antes haya utilizado y que esta luz que nos atraviesa sea también nuestra. Devuélveme mi cabeza que yo te devolveré la tuya. Adiós y hasta nunca, mi polvoriento amigo.
Una chica me ofrece su sonrisa de rimel y yo me doy el último empujón y retrocedo, a lo largo del cielo más triste y azul de la década, a un sueño claroscuro que me llevará hasta el cruel y auténtico nuevo día.
- Hey, Teo. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien tan solo hablando. Incluso tomando a un amigo de la infancia como conejillo de indias puede ser complicado. Pero yo, no sé tú, necesito a alguien que me escuche y tenga benevolencia con la ristra de tonterías que puedo decir en una noche. Y tú en eso eres un experto. ¿Sabes?, estos últimos años han sido cruciales y peligrosos al mismo tiempo. Lo nuestro no ha sido moco de pavo. No se pueden dejar las cosas en manos del olvido. Joder, a lo mejor a los 50 años no nos acordamos de esta noche. Y para mí, en este momento, esta noche es lo más importante del mundo. ¿Por qué? Porque la hemos vivido, intensamente. Y es irrepetible. A los 50 años, ¿te imaginas?. El tiempo parece inmóvil, lo sentimos como un bloque de hielo. Pero no es así. Se mueve, el muy hijo de puta. En cuanto menos te lo esperas ha dado un vuelco a tu vida y lo que te pareció una odisea queda reducido a un apéndice en la enciclopedia de tu vida. Por eso quiero dedicar mi tiempo a hurgar en las arrugas de mi cerebro y trasladar al papel algunos momentos mágicos que he vivido. Si alguien que lo comprenda lo lee algún día, todo habrá valido la pena. Lo que te he dicho hace un rato es cierto. Valoro infinitamente más una conversación contigo que un gran polvo con la chica del mes del Penthouse.
- ...
- No te rías, estoy hablando en serio. ¿Qué, si no, buscamos en la vida? Que la pequeña idea que ha surgido en tu cabecita sea compartida por alguien más. Al menos, yo lo veo así. Algún día dejaré de darle vueltas a esta cuestión y lograré escribir 200 páginas de cosas interesantes. A veces voy en el autobús y me sorprendo iniciando un capítulo en voz alta. La señora María me mira como si estuviera gilipollas. Voy andando por la calle y esbozo una sonrisa producto de la reacción de mis personajes. La gente me mira extrañada, pero yo miro hacia mis adentros. He logrado darle un final real a uno de los momentos de mi inexistente novela.
- ...
- Bueno, quería prolongar de alguna manera nuestra conversación de esta noche. Como te intentaba decir, por qué no levantarse mañana y decidir que eres una persona distinta, tomar la determinación de que vas a ser otro. Resulta que como yo nunca he sido de tal manera, tengo que joderme y hacer mi papel (que yo mismo me he inventado). Pues no, joder. Mañana me levanto y voy a dar por culo al destino. Mañana me levanto y sonrío en vez de poner cara de póker. Coño, coger la moto y recorrer Latinoamérica de arriba a abajo. O simplemente hacer planes. Cambiar de personalidad, intercambiar tu vestuario con un mendigo, o con un aviador. Podría ser divertido. El caso es que hay que intentar jugar contigo mismo. Pero es que, como Lucky Luke, nuestra sombra suele correr más que nosotros.
¿A qué estamos? Hoy es viernes-sábado o sábado-domingo. Seguro. No recuerdo la última vez que me levanté, respiré, desayuné, me fumé un cigarro, jiñé, me quité el pijama, me duché, me vestí y salí a la calle. No recuerdo haber dicho: Joder, qué día hace. He visto el sol pero he pasado sin saludar. Solamente he sufrido el amanecer después de una jornada laboral sin tregua por laberintos de cristal. La noche ha durado lo que mi estado de ánimo. Euforia artificial. Carreras de bólidos por mis vasos sanguíneos y adelantos en línea continua derrapando en mis circuitos neuronales. Cada vez más rápido, en el sentido suicida de la palabra. Poniendo en peligro a la gente que mira en cada curva. Y una vez todo haya terminado, llegará el turno de despeñarme por mi barranco de costumbre. Dos días como mínimo atrapado dentro de una carrocería dañada, hierros recién afilados atravesándome el cerebro, el estómago, las articulaciones... Si no viene antes alguien a salvarme. No, no quiero a nadie, no puedo ver a nadie. No existo, sólo existen las figuritas absurdas de la mierda de televisor ése. No ponen nada que se pueda tragar, ni siquiera para caer en un sueño que, por fin, me permita descansar. Después, si me aguanta la paciencia, tocará reconstrucción general. Es lento ver cómo nacen de nuevo las células, los átomos, las neuronas. Sobre todo si vas más despacio que tu propio cuerpo y, si lo intentas, resulta más fácil mover un tresillo que tener una idea. Días después, cuando ya haya pasado el camión de la basura, vuelta a empezar. Sin proponérmelo, pero volveré a empezar. Está puesto en la agenda. En la negra, la que está ahí, esa, esa, en la que no hay días rojos.
Sábado
A ver si lo entiendo / ¿Dices / Que te tortura el no poder escribir / O que / No puedes escribir porque estás torturado? / ¿Dices / Que estos tiempos te han convertido en un escéptico / O que / Estos tiempos confirman tu escepticismo? / Mira, voy a decirte una cosa / Preferiría tener que echarles el lazo a las reses / Que hablar de política contigo / Preferiría caer borracho perdido / Debajo de un camión con remolque / Tu desesperación es más aburrida / Que el Merv Griffin Show / Tu gimoteante lloriqueo / Tus grandes soluciones baratas para la delincuencia / Levanta el culo y ponte a cocinar / Haz con tu tiempo / Lo que quieras / Pero no malgastes el mío
2/80 Santa Rosa, Ca. Sam Shepard
Sorteo varias manchas de sangre cuajada en la entrada del edificio. Una vecina con un collarín sube a entregarme la llave nueva de la puerta principal y me dice que cree que un chico y una chica armados con una navaja intentaron atracar a alguien. Enseguida visualizo a dos pobres yonquis desesperados por sacarse el hielo de dentro que les quema por fuera. Es pura imaginación, en los (pocos) meses que llevo viviendo en Lavapiés no he sufrido percance alguno. Tampoco son un gran problema todos los muertos vivientes que me encuentro a diario al bajar al metro. Ellos van al mercado de la plaza como yo me acerco al Simago. Sólo que ellos van a hacer la compra con un estado de ánimo similar al de los bosnios cuando salían mirando a todos lados con su bidoncito y su bolsa de esparto vacíos. Como en el Mark Hale de Sarajevo, los habitantes del infierno madrileño nunca saben si encontrarán lo que buscan.
Suena el teléfono. Es Mariano para avisarme de que esta noche es el estreno de la última de Almodóvar y que luego hay una fiesta en La Riviera para celebrarlo.
- Por si te apetece ir, puede que mañana quieran sacar algo en el periódico - me comenta mi compañero de curro, que no desconoce lo desagradecido que es el trabajo de free lance -. Habrá chicas, y barra libre- termina por convencerme.
La juerga del cineasta mayor del reino gana 4 a 0 a la perspectiva de pasar la fiebre del sábado noche viendo programas de variedades en la televisión. La idea me da hambre. Mientras hago malabares con la sartén le hablo al televisor encendido para liberar algo de tensión, o para aumentarla, me doy cuenta después. El plan nocturno y el plato grande de salchichas y huevos fritos, acompañado con café con leche, me dejan la mente apaciguada y el estómago caliente. Recapacito con el cigarrito y el cojín en la nuca: Lo mejor para pasar la tarde antes de ir al cine es ir al cine.
Me ayuda el deseo de acurrucarme dentro de un trozo de mundo reproducido al milímetro. Pero, a pesar de mi cuidado para elegir la película, nunca sé si la evasión se prolongará más allá de la última ceniza del cigarro que encienda al salir. El cine se está convirtiendo en un inquietante sustituto de la vida real, lo que me concierne también a mí. Y eso me hace pensar en qué clase de mundo vivimos, y vivo. Entro en el VIP's de la plaza de los Cubos para hacer tiempo. En los restaurantes de engulle rápido y camareras deshumanizadas hay parejas parodiando las sucintas historias de amor que acaban de adivinar en las luces y sombras de la pantalla. Mientras paseo simulando no darme cuenta de las intenciones del paisaje humano, me recorre la esperanza de que en el cine no haya cuatro tíos ociosos como yo en busca de su ración de ilusión enlatada.
Me abalanzo sobre el montón de periódicos. Debajo de la fecha, 21 de octubre de 1995, hay una foto grande de Clinton con Milosevic, Izetbegovic y Tudjman. A falta de la noticia definitiva de la paz, dejo navegar la imaginación. Ojeo el diario como si encerrara información en clave, valiosos datos ocultos expresamente publicados para mí. La llave maestra que diera un vuelco a mi incómodo tedio. Hoy no hay ningún mensaje subliminal. Luego estudiaré el diario más detenidamente por si la señal por un casual se encontrara en los anuncios de contactos. Doy vueltas por la tienda y, tras aguantarme las ganas de comprarme un libro, espero un poco en la puerta de los multicines, simulando esperar a alguien. Me meto cuando empiezan a aparecer los créditos.
Esta vez he tenido suerte. He salido del cine, un minuto antes de que encendieran las luces para que ninguna mirada me eche en cara mi soledad, y he levitado hacia mi moto. Como me suele ocurrir en los últimos tiempos con contados libros y películas, llego a la conclusión de que esa historia la podía haber contado yo. ¡Yo eso lo he vivido! Sólo que alguien se me ha adelantado y la ha contado antes. Supongo que en eso consiste el arte, o como se llame. La gente que tiene sensibilidad y cojones no sólo es consciente de cada palmo de actividad humana que circula a su alrededor, de cada recodo de sus postales internas, de la lucidez de una conversación intrascendente. Sino que, además, lo cuenta. Lo logra atrapar y, ¡más difícil todavía!, lo transforma y lo comunica sabiamente. En esa cámara negra de respaldos bajos y pantalla diminuta he penetrado en la genial cabeza de Dean Moriarty cuando vislumbró, excitado por la cerveza y las miles de millas americanas almacenadas en su espina dorsal, lo básico sobre la esencia del jazz. La imagen era la del saxo alto que improvisaba exponiendo la música que todo el mundo tenía dentro de la cabeza. Lo había atrapado al mismo tiempo que el público. Y tamaño descubrimiento merecía más cervezas, que es lo que resolvieron Moriarty y su colega Jack Kerouac.
Yo me tomo una caña imaginaria con esos dos devoradores del alma y enfilo mi vespa hacia mi destino con todas esas emociones, y todo el desasosiego por lo que no he sido y lo que puedo llegar a ser, rebotando dentro del casco.
El Palacio de la Música parece la escena del ding, dang, dum, dum, DAAA de Encuentros en la Tercera Fase. Un par de potentes focos deslumbran a la muchedumbre que invade la Gran Vía para presenciar la llegada de los extraterrestres. El hall del cine es como la pasarela de la nave en la película de Spielberg. Muchos actores, directores y actrices emparejados y de punta en blanco; algún que otro escritor amante de las alfombras rojas y con aires de jefe de Estado; periodistas cuasi famosos; pseudo intelectuales y tertulianos radiofónicos con el don de la ubicuidad a punto de caducar; políticos procesados por la justicia; Alaska arriba de dos plataformas y un par de gastadas ex participantes del festival de Eurovisión. Finalmente, los flashes ciegan a la corte profidén de Almodóvar por espacio de quince sonrientes minutos.
Yo me coloco tras la barricada de fotógrafos y plumillas del corazón, la prensa o las revistas de cine. Suso, el fotógrafo del periódico, está casi tirado en el suelo disparando cada vez que se acerca alguien a posar. Se lo pasa bien. Entre los periodistas hay algunos que podían formar parte del grupo que baja estilo Hollywood las escaleras hacia el patio de butacas, o viceversa. Una presentadora de televisión, con vestido vamp de cola, grita a los famosos por sus nombres de pila, a algunos con apelativos cariñosos, con la intención de que miren a su cámara. Yo apunto disciplinadamente a todo quisqui y, si supiera de moda o me importara lo más mínimo, también registraría el nombre sus diseñadores. La locutora chillona es un ejemplo viviente de los subterfugios de la fama. Su vena naif sarcástica la colocó al frente de una sección del programa musical Sputnik, de la TV3. A partir de ahí fue escalando y tomó posiciones de salida en algunas televisiones y radios de alcance nacional durante unos años. Caía simpática aquella chica de pelo multicolor (dependiendo del mes o del tipo de show que presentara) y debía tener facilidad para asaltar despachos ya que llegaron incluso a llamarla para que actuara en un montaje teatral con un cantautor destroyer que tampoco había interpretado en su vida. De un tiempo a esta parte, al desaparecer de las parrillas de programación y enfriarse su estrella, había sido borrada de la memoria de la audiencia. La fugacidad de la fama o la fama de lo fugaz, según se mire. Ahora estaba a mi lado, emitiendo gallos para captar la atención de los que antes compartían mantel o camerino con ella. Al lado de un pardillo que se preguntaba qué es lo que hacía rodeado de marcianos, qué es lo que le había impedido romper antes con años de inopia y qué había hecho con su vida para no estar, al menos, en la situación de la chica de los alaridos.
Sentado entre otras dos sardinas, me trago la película sin respirar. Almodóvar no ha perdido su don para contar historias perfectamente lubricadas que succionan al espectador, le comento al tapizado granate de la butaca de al lado. Ni siquiera se percibe su monumental esfuerzo para dibujar el gran círculo, que cierra con un brochazo fino y de colores hirientes. No es mi tipo de cine, medito con voz engolada para olvidarme de que voy a tener que ir a la fiesta solo, pero reconozco que me he subido a ese globo aerostático y he recorrido todos los momentos efectistas sin rechistar. Pero, ¿qué es el cine sino un gran efecto en el que el prisma del director es el rey?, le cuestiono, inmerso en la marabunta que trata de escapar del cine, a la coleta de un modelo.
El modelo y el resto del desfile de smokins me llevan en volandas hasta el hall. Allí me encuentro con Suso. Habla con una periodista algo feúcha pero la despacha muy amable cuando llego. Mientras los técnicos de las televisiones recogen su arsenal de cables y chismes, el público despeja la entrada y se marcha paseando tranquilamente para digerir la película.
- ¿Qué hay, Suso? ¿Has visto la película?
- No, he hecho las fotos y me he largado. Ahora iba a papear algo.
Suso es un personaje atípico. En el poco tiempo que llevo en el periódico ha tenido una actitud entre distante y afectuosa, a partes iguales, con todo el mundo. Igual estaba rumiando sobre el sentido de la existencia que te abrazaba o te chocaba la mano como si fuera su última voluntad. Otras veces, agarraba el teléfono y salpicaba Madrid de citas con chicas, según cuentan, de lo más espectacular. Pero lo hacía de una forma sospechosa, tal vez algo compulsiva. Parecía buscar deseperadamente algo de los demás que no podía encontrar solo. Salvo en aquellos momentos de pelea intelectual consigo mismo, daba la impresión de ser alguien viviendo unas hermosas vacaciones.
Me dice de ir a una pizzería que conoce para una cena rápida. Me cuenta que se tiene que ir pronto a casa porque mañana tiene que estar pronto en la Audiencia Nacional. Declara Perote, Manglano o algún chorizo de esos.
- No vas a la fiesta. Lo hubiéramos pasado bien.
- No puedo. Estoy en plan monje, prefiero acostarme pronto.
El restaurante es un pequeño quiosco donde hacen unas pizzas bastante decentes. Estamos en pleno corazón de la droga y la prostitución de la zona centro de Madrid. Nos sentamos en la barra y, mientras viene la comida, pedimos unas cervezas. La suya, sin alcohol.
- No puedo beber, me vuelvo loco - se explica. Y, al comprobar que no entiendo la magnitud del comentario, sigue hablando- . Es lo que le digo a todo el mundo. Les hace gracia pero es verdad. No puedo beber ni una gota de alcohol, empezaría a beber sin parar. Incluso me emborracho con un grado, que es lo que tiene esta cerveza.
- Yo digo siempre que voy a dejarlo - le comento de manera algo protocolaria y, a la vez, intrigado por el hecho de poder hablar después de tanto tiempo sobre mi tema favorito-. Pero ahora bebo mucho menos que antes. Me he tranquilizado mogollón desde que me vine a Madrid.
- He tenido que cortar de cuajo. Me ponía a beber y no sabía lo que hacía. Me empezaba a meter de todo. Pero a lo bestia.
- ¿Qué? ¿Coca? - le interrogo yo, sorprendido por su sinceridad.
- De todo. Coca, heroína. Lo mezclaba, me ponía por la nariz, en vena. Lo que fuera. No podía parar. Si ahora me metiera una raya no me daría el palique que te da al principio. Me quedaría quieto, temblando y sudando. He estado en centros de rehabilitación, voy al psiquiatra y he estado a punto de perder el trabajo. Por eso cuando la gente me pregunta por qué no bebo les digo que me vuelvo loco. Así no les tengo que explicar nada más y se quedan tan contentos.
En la puerta de La Riviera hay un portero con pinta de no dejarme pasar. Yo me hago el remolón a la hora de enseñarle la invitación, sólo por joder. De hecho, como Suso no ha podido venir, tengo dos. En la acera de enfrente veo a una rubia con pinta de pija que me suena mogollón. Cosa extraña, porque en esta ciudad no conozco a nadie. Me quedo mirándola y al final me acuerdo de que es La Lunaritos, la que veraneaba en Santa Pola. La llamábamos así porque un día llevaba un biquini de lunares verdes sobre fondo blanco. Muy infantil y sexy a la vez. Nunca me atreví a hablarle, a pesar de que nos la encontrábamos siempre en la playa y por la noche en los pubs. Me acerco y me dice que sí, que le sueno. Está esperando a unos amigos pero acepta el regalo. Entramos en la discoteca, un local enorme estilo jardín.
- Hace tiempo que no te veo por Santa Pola - le suelto, intentando romper el hielo, con una especie de cosquilleo por estar con la rubia más admirada de aquel verano en la fiesta por excelencia de Madrid. Me asombro de mi soltura, deben de ser los años.
- Bueno, fui hace dos veranos. Pero cada vez voy menos - me responde apoyada en la barandilla que da al jardín de pistas de baile, barras y terrazas.
Nos acercamos a una barra y nos pedimos nuestras bebidas. Tenerlo todo gratis me entusiasma mucho más que estar rodeado de famosos. Están por todas partes. Hasta la gente más inverosímil, la que no hubiera relacionado nunca con Almodóvar.
La Lunaritos ha encontrado a sus amigos. Son dos chavales bien de los que tienen conocidos en todas partes que les permiten beber a su antojo sin aflojar el bolsillo. El ambiente no les interesa demasiado, están en la fiesta como podrían estar en la discoteca del pueblo de la sierra donde van los días de fiestas con sus padres en un ambiente de misa y bandera pre constitucional. Me tomo una cerveza con ellos y me aseguro de que ninguno de los dos es el novio de la rubita. En realidad se lo pregunto a ella directamente, pero creo que se está haciendo la dura. Por la noche no se estila tener novio.
Me escabullo con la excusa de hacer mi trabajo y me aposto en otra barra al lado de dos humoristas siamesas. Tienen cara de pasmarote, se toman sus bebidas a espasmos hieráticos. Debe ser su sexta fiesta de la semana y se lo pasan tan bien como depilándose los sobacos con pinzas en el baño de su casa. El cubata me arrastra hacia el gentío. Bailan, se ríen y alternan. Pero pienso que están ahí porque deben, no porque quieran. Me acerco a un grupito que no pueden ser otra cosa que periodistas. Se les nota a la legua. Vestidos de calle, chalecos de pescador los fotógrafos, vaqueros y gafitas de empollona las chicas. Arropado por el gremio, intercambio algunas trivialidades con una plumilla de una radio. Lo hago para poner a prueba mi debilitada coherencia y simpatía. Me noto seguro, lo suficientemente condescendiente, y decido que estoy preparado para atacar a algún famoso. Mi primera pieza de caza es la hija aspirante a actriz de una antigua niña prodigio de la canción.
- Hola. ¿Qué tal lo llevas?
- Muy bien, fantáztico - me contesta poniéndose casi firme ante mí. Esta chica llegará lejos, sabe distinguir a un periodista.
Tiene un poco de frenillo, fruto tal vez de un aparato bucal, pero como se comporta tal cual como una mariposilla del campo, le digo que algún día le haré una entrevista.
- Zí, claro, cuando quieras - se aleja revoloteando después de informarme sobre el paradero de Almodóvar.
Las estrellas de la noche están apelotonadas en un reservado nada privado en una terraza superior. Rossy de Palma y Marisa Paredes se quitan de encima los objetivos, los de la prensa intentan meterle la grabadora a Imanol Arias y el manchego universal conversa protegido por varios amigos. Observo fijamente a dos drag queens, intentando adivinar el hombre que hay debajo de toda esa parafernalia de maquillaje y trajes de Catwoman en un día daltónico.
Para envidia de mis compañeros, logro hablar con Almodóvar siguiéndole estratégicamente hacia la escalera trasera de la terraza. Sus amigos le dejan un momento atrás, instante que yo aprovecho para hacerle una crítica benévola y a botepronto de su película.
- Cuando se ha terminado he dicho: Se ha cerrado el círculo.
- Gracias, me alegro de que te haya gustado - me responde él muy amable.
Satisfecho por haber conseguido al jefe de la manada, me voy contento a seguir con mi visita al zoológico. En otra barra algo más apartada y tranquila están un periodista y escritor de renombre y un poderoso editor que lleva una vida social a lo Truman Capote. Pido otro cubata, cojo un puñado de kikos y me apoyo en la barra en el hueco que hay entre ellos y las niñitas que les acompañan. Serán sus sobrinas, me digo, porque es conocida la tendencia sexual de ambos. Al escritor, debido a su gentilicio, le llaman en los círculos intelectuales, muy acertadamente, la Dama de Elche.
- Me gustó mogollón tu artículo del otro día sobre el Misteri. Me salió el orgullo patrio - le digo para captar su atención.
Él me lo agradece con una sonrisa empacada y yo, como unas pascuas después de haber charlado animadamente con la flor y nata de la capital, decido marcharme.
Hago una parada en el aseo y, para mi consternación, me hallo de repente meando al lado del escritor joven del momento. Recuerdo que me cargó bastante su foto a lo estrella del rock sosteniendo en sus manos un tercio de cerveza, así como las referencias gratuitas y rimbombantes a Bob Dylan o los Rolling, de su anterior novela. Pero como me ha gustado la última que ha escrito, más austera y poética, decido echar una discreta mirada a su chorra de escritor para comprobar si tengo algo que él no tenga.
- Sí, yo también escribo. Algunos cuentos y delirios mentales de esos que tienes que soltar por cojones después de una noche de locura. Puedes posponer tus ansias de escribir durante días, llenando tu vida de perro hablando de lo importante que es lo que no haces, reconociendo en público que persigues lo que tienes, suicidándote un poquito cada día. Alguien dijo que la madurez empieza cuando rechazas la idea del suicidio. Es algo que me rondó mucho tiempo por la cabeza. Si hubiera sido americano y hubiera tenido una pistola en casa, tal vez lo hubiera hecho. Aunque no lo sé. El exceso de energía y las frustraciones que no te han enseñado a vencer te hacen calibrar ese tipo de soluciones absurdas. También contribuye a ello la televisión y los políticos y la hipocresía y el desconcierto y las ganas de vivir en el campo y la lata que dan ciertos vecinos y el engorde de las vacas locas y los políticos que encima hacen la guerra y la falsedad de los jefes y el no poder comprarme un billete de avión y lo solas que están las piedras en Marte. Ante todo eso, yo lo que hice fue suicidarme cada noche, arrancarme una pizca de vitalidad cada vez que me evadía de la vida en la Tierra. Dejar de pensar, dejar de moverme, dejar de actuar, dejarme llevar. Mira, tú y yo tenemos algo en común. Y es que escribimos para dejar esto bien sentado. Para que no se crea que estamos de acuerdo con esta farsa y esta mentira que nos meten por todos los orificios y, si pueden, nos inyectan directamente a la sangre. Que quede bien dicho y que no haya dudas. No somos uno más durmiendo ante el televisor. Tú y yo limpiamos la porquería de nuestras casas para poder pensar libremente. Bueno, al menos yo.
Piso la noche cuando empieza a clarear, se acabó la fiesta. Recorro a solas la avenida iluminada por el ámbar de los semáforos. Hoy es hoy y mañana es mañana, me avisa un viejo que pide limosna. Con sus lindes bien claras, añado yo. Será cuestión de volver a casa.
Domingo
Cuando les trajeron el té, la jovencita del coro descubrió que yo los estaba mirando. Me miró a su vez fijamente, con esos ojos escrutadores que tenía, y luego, de pronto, me dedicó una pequeña y especial sonrisa. Era una sonrisa curiosamente radiante, como a veces los son esas pequeñas y especiales sonrisas. Yo le respondí con otra sonrisa, mucho menos radiante, tapándome con el labio superior un empaste provisional, negro como el carbón, que me habían hecho en el ejército entre dos dientes delanteros.
1948. J.D. Salinger, con amor y sordidez
Ruge el motor de un autobús. La nevera traquetea y se escucha una pinza caer al patio desde el piso de arriba. Ahora cae una cagadita de pájaro. Se oye a la vecina llamar a gritos a María Vanesa. Es la banda sonora de los cinco minutos que dedico a pensar en ti. Sólo que mi noción del tiempo se ablanda como el dulce de leche y los cinco minutos se alargan y se alargan (y se alargan).
Veo un documental de África sin sonido. Tengo la música y la alegría de los niños en la cabeza. Y me gusta. Un bebé baila en la espalda de su madre amarrado a un pañuelo de colores de África. Veo también las brumas del Nepal. ¿O es el humo del marlboro? Cómo crecen las gotas del monzón en las hojas. Las manos pegadas de aquel niño. One rupie, please. Cigarette? Quiero viajar. ¿Viajar? Acabo de hacerlo, tengo un reactor en la memoria.
Mis minutos (tus minutos) se esparcen sobre la galleta de mi frente. Y tengo frente para mucho dulce de leche. Quiero mil días preciosos, mis días, tus noches.
Me interrumpe el sonido de la puerta. La estaba esperando. Ha bajado a por tabaco, se nos había acabado después de fumarnos varios bares. Entra, se sienta encima de mí y me roba el teclado.
- Estoy fumando. Eso no está bien, sobre todo cuando no pensaba hacerlo. ¿O acaso eso es lo mejor? Lo imprevisible, digo. Mierda de imprevisible soy.
- Ser o no ser - agarro mi calavera con la mano izquierda. Yo sigo fumando porque me sale de los huevos, ¿vale? Ahora, hablando como dios manda, diré que sólo tengo un párrafo de tiempo y me niego a entrar en disquisiciones filosóficas.
- Con que en el regazo ¿no? ¿de eso se trata? De puta madre. Allá voy. Que si me tocás así no me puedo concentrar. ¿Tema? Qué va, qué va. Lo que menos importa acá son los temas. ¿O hay algo que importe? Estoy yo buena hoy. Si lo decís vos por algo será. No me gusta discutir con nadie. No es mi estilo.
- Por eso no estás gorda, flaca.
- Sale cachetada al aire. De revés, con mano derecha.
- Pero tú eres tonta ¿o qué?
- Ya me gustaría a mí.
- Por lo menos serías algo.
- Very, very thanks.
- O la la. La petit mademoisselle parle languages.
- Soy la repinocha. ¿O no te enteras?
- Lo dices por tu hermoso apéndice nasal. Se dice repanocha. ¿Me estoy poniendo agresivo?
- Ustedes los españoles no entienden nada. Nada que ver, de agresivo nada. Sólo te lo parece.
- En realidad lo que quería decir es que te amo.
- Guapo. Me vas a romper el corazón. O ya lo tengo roto. No sé.
- Mira, mola más cuando lo rompes y luego reúnes todos los trocitos. Así, en vez de un sólo corazón tienes muchos.
- Bonita frase esa de muchos corazones. ¿Podrá ser?
- Lo es. ¿Quieres otra?
- Ya lo creo.
- Flaca, me estás clavando la rabadilla en la pierna izquierda. Ni se te ocurra quitarte de encima, como mucho levitas cada cinco minutos.
- Volviendo a lo importante. ¿Cuántos corazones tenés vos?
- Ya ni me acuerdo.
- ¿Sigo? me refiero a escribiendo o besándote
- ¿Y tú? ¿Cuántos corazones tienes? Porque si tienes cinco igual tienes escalera de color.
- Muy intelectual para mí. Te lo juro, es que no lo entiendo. ¿Será el alcohol? O es que de verdad soy tonta como pregonaste por ahí.
- No, solamente eres guiri. ¿Cuantos corazones dices que tienes amor?
- Lamento desilucionarte. Es que tengo uno. Ya ves. Soy una mujer normal.
- Eztoy deziluzionado. Que me da igual, hombre, que menudo corazón normal que tienes, jodía.
- ¿Tú crees? ¿Te estoy haciendo mal en la pierna derecha ahora? Da igual.
- Creo que han pasado cinco minutos. O me da a mí la impresión. Lo digo porque me estoy durmiendo a partir de la pierna derecha.
- Es que estoy muy triste, y todas esas recriminaciones me ponen muy mal. No se cómo tomarlas. ¿Me voy? ¿Me quedo? ¿Qué hago?
- Doy la impresión de que no me guste tu rabadilla? No te recrimino. Solo que soy poco sutil. Hablemos de lo importante.
- ¿Por qué nunca me dijiste eso? Lo que pusiste antes. Me tiene muy conmovida. Y preocupada. Es que no se si estoy preparada para hablar de esas cosas.
- ¿Qué es lo que nunca te dije? Habla claro.
- Lo del amor.
- ¿Nunca te he dicho que te amo? Me ha faltado subirme al reloj de la puerta del Sol con un equipo de sonido de 800.000.000.000.000.000.000.000.000 vatios para que me entendieras. Te amo, te amo , te amo, te amo, te amo. Y no hace falta que me hables de eso. Casi es mejor no hablarlo. Pero solo casi. ¿Qué te preocupa?
- ¿De verdad te querés ir?
- Nunca.
- ¿Vamos a dormir?
- Yo también estoy perdido y soy imbécil, pero mejor que no salga de aquí. Sí, vamos a dormir.
- Top secret. Yo también te amo. ¿Juntamos las camas? Por lo del dolor de espaldas, digo.
- Tienes unas ideas estelares. Ya está. cambio y corto.
- Se dice: cambio y fuera.
- Eso será en el tercer mundo.
- Bueno, en algunas cosas coincideremos, ¿no?
- Sí, los dos creemos en los viajes astrales. Somos iguales.
- Ahora me quedo más tranquila. Yo pensé que no te hacía falta conocer a una tercermundista tan de cerca para darte de cuenta que te estuvieron engañando tanto tiempo.
- Yo me refería a ti y a mí. Somos como dos gotas de agua, en el fondo.
- Te estás olvidando de la nariz.
- Si te vas a poner en plan trascendental me voy a hablar con un chimpancé del zoo.
- ¿Hay zoo en Madrid? Porque en Buenos Aires hay... No sé.
- Sí que hay, joder, que me estás ya tocando... Hay un zoo, cariño, de verdad, te lo juro. Y, además, con animales. Unos salvajes y otros no. Hasta hay un chaval que te saca fotos con un mono. Y delfines que saltan por un aro y un elefante que caga mondongos de seis kilos, el muy guarro.
- A que hoy estuvimos cerca. Del zoo, digo
- Hoy, ¿en qué pub? Pero no era de esto de lo que me apetecía hablar. En realidad quiero saber qué colores ves en tus sueños.
- ¿Guardo antes de irnos a dormir para leerlo mañana o lo borro?
- Sí, por curiosidad.
La ventanita de arriba de la cama proyecta un cuadriculado haz de luz. Es domingo, 6 de enero de 1997. Mañana es mi cumpleaños. Treinta, no me duele decirlo. Ayer fue el de ella, nos parecemos hasta lo indefinible. De la misma manera en que nos diferenciamos. Duerme con el rayo de sol sobre su mano izquierda. Retiro suavemente la sábana y recojo la manta del suelo. No se despierta. Desayuno con un reportaje sobre Marte del dominical del periódico. Trae una foto del Sol. 1,3 millones de Tierras caben en su interior. Me sumerjo durante cinco minutos en esa infinitud, o en esa concreción, según se mire. Anoche llovió. Echo un vistazo al tejado que gotea. El cielo está claro como el agua de mi mente. Me siento y escribo todo lo anterior.
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