Loli va de compras
1. Loli y yo.Los jueves por la mañana no suelen suceder cosas como la que aquí voy a contar. Incluso diría, sin arriesgarme demasiado, que lo que me sucedió un día de septiembre que se intuía bastante insulso y anodino, no pasa nunca. Y menos a mí. Y menos en jueves. Y por la mañana. Por si fuera poco, en septiembre. No es por crear expectativas infundadas, pero es que juro que raramente me pasan cosas tan imprevistas. Sobre todo en días así, a esas horas tan rutinarias, como ya he mencionado.
Estaba desocupado después de haber vivido unos años bastante intensos con labores poco satisfactorias que, sin embargo, me habían devuelto al tic tac del mundo de los vivos y, más que nada, me habían procurado unos bien ganados ahorrillos y librado de unas molestas deudas. Pero, como nunca estamos contentos con lo que tenemos, en ese momento me sentía algo incómodo con mi nueva situación de desempleado. Y aburrido, un poco aburrido. Mis días se sucedían en blanco como por arte de magia desde la mañana a la noche. Después de un mes de inactividad, confundía los amaneceres con los atardeceres mirando por la ventana que separaba mi provisional apartamento y un inerte y ajardinado circo de edificios de la calle Acoyte, en Caballito, un barrio de Buenos Aires habitado por fieras durmientes.
Semanas enjaulado en casa sin comunicarme con nadie, cumpliendo con tareas domésticas indispensables, pidiendo comida por teléfono a pesar de tener el tiempo a mis pies y consumiendo raciones de televisión que nunca hubiera deglutido en otras circunstancias, sospeché que iba perdiendo la capacidad del habla. Antes de que mis otros cuatro sentidos quedaran también mermados, salí a la calle con el edificante propósito de, al menos, disfrutar de los ruidos de la ciudad y los ladridos de los perros.
“El 16 de septiembre de 1976, en la llamada Noche de los lápices, siete estudiantes secundarios de entre 14 y 18 años fueron secuestrados y desaparecidos por la dictadura militar. Los jóvenes habían encabezado el reclamo por el boleto de transporte estudiantil en la ciudad de La Plata.
Ayer, una manifestación de 3.000 personas se concentró a las 19 en Pueyrredón y Córdoba. Ahí vive el ex comisario Miguel Etchecolatz, quien tuvo participación en la represión durante la dictadura desde la dirección general de Investigaciones de la policía bonaerense. ‘¡Etchecolatz, como a los nazis, estés donde estés, te vamos a encontrar! ¡Asesino! ¡Asesino!’, le gritaron los estudiantes”.
Estaba ojeando un Clarín abandonado en el áspero parque Centenario cuando me di cuenta de que alguien respiraba a mi lado. Di un ligero brinco de sobresalto y, al girarme, vi a una niña de unos diez años que, con los ojos muy abiertos, me auscultaba el pecho donde ahora reposaba mi diario.
- Perdona si te he asustado, me ha llamado la atención una cosa de tu diario - dijo su vocecita respingona sin quitarme la vista de encima. Era un timbre agudo, a la vez que susurrante, como de canción de cuna.
- No, no, lee si quieres. ¿Quieres que te lo preste? - intervine yo sin calibrar mi respuesta, todavía ajeno a la idea de que hablaba con una niña tan joven.
- Sí, gracias. Estoy muy interesada en un anuncio de publicidad, el de los viajes -me confesó mi interlocutora, la primera persona con la que hablaba en mucho tiempo, como ya he mencionado.
- Por supuesto, claro, claro - me trastabillé, cediéndole el periódico.
- Parece una oferta muy interesante... - dijo la cría en un tono catedrático.
- ¿De qué se trata?, si no es indiscreción - le interrumpí con escasa educación, propia de alguien que tiene enmohecido el hábito de tratar con las personas.
- Es una oferta de vuelos intercontinentales a muy buen precio - soltó.
En ese momento perdí todo el control sobre la situación y permití a la niña leer con tranquilidad. Se sentó a mi lado – “con permiso”, dijo - y yo aproveché la pausa para secar las lentes de mis gafas de vista. Había niños brincando como monos en los columpios instalados en las isletas de tierra seca. Unas chicas peruanas y bolivianas escuchaban música de sus discman en los bancos de enfrente y otras leían novelas encuadernadas con papel de regalo. Ella parecía estar sola. Lo deduje porque arrastraba una mochila de lona abultada y raída.
- Ya está, gracias - dijo tendiéndome el periódico -. ¿Te importaría que anotara unos datos?
Volvió a agradecer mi asentimiento y sacó de su petate, no sin dificultad, un pequeño bloc de notas y unos lápices de colores. Yo no dejé de inspeccionarla intrigado por su extraña aparición y con toda la curiosidad del lama tibetano que ha quebrado momentáneamente su retiro voluntario. La conclusión a la que llegué fue que no se trataba de una niña volviendo a casa del colegio. En primer lugar, no iba vestida como una colegiala. La suciedad de sus vaqueros y sus zapatillas de deporte parecían estar ahí desde hacía días, quizás semanas. No era posible que se hubiera puesto así de sucia en un solo recreo. En segundo lugar, la mochila era de montaña y en una de sus anillas colgaban un cazo metálico y un juego de camping de tenedor y cuchillo. O sea, que era obvio que no iba a la escuela. No conocía ninguna a la que los niños llevaran su propia vajilla.
Ella terminó de apuntar lo que quería en rojo y azul. Escribía primero unas letras en azul y luego, con el lápiz rojo que tenía preparado en la otra mano, dibujaba una cifra. En cada paso humedecía la punta de los lápices con la lengua y alisaba con la mano las arrugas de la hoja. Su letra se asemejaba a una ilustración de flores silvestres.
- Ya está, puedes seguir leyendo - me dijo ofreciéndome una leve sonrisa propia de una niña con buenos modales.
- ¿Te puedo preguntar algo? - me atreví a decirle.
- ¿Qué? - respondió poniéndose cómoda en el banco de madera, como quien se dispone a un juego.
- ¿Tú no vas al colegio, verdad? - sugerí, con un ojo mal guiñado.
- ¿Quién lo pregunta? - me ametralló, dejándome un poco confundido.
- ... ¿quieres saber mi nombre? - mascullé. Ahora el niño era yo.
- Si vamos a tener una conversación me gustaría saber con quién tengo el gusto de hablar - dijo, sin rodeos.
- Luis, me llamo Luis - confesé boquiabierto.
- Acertaste, Luis, no voy al colegio - añadió con ademanes de maestra de escuela.
- Entonces, ¿qué haces? - le interrogué, impertinentemente.
- Quiero viajar al extranjero - afirmó, y entornó unas pestañas como palmas de palmera.
- ¿Es por eso que querías ver mi periódico? ¿Y no sería más lógico que fueras al colegio, como todo el mundo a tu edad? - elevé la voz habiendo perdido los estribos.
- Me pareces un poco prejuicioso tú, ¿no? - zanjó ella con más razón que un santo.
La contundencia de su lenguaje me taponó la boca por unos instantes pero, como no era cuestión de dejar escapar una charla que se adivinaba jugosa, seguí preguntando.
- ¿Adónde quieres viajar? Si puede saberse - en ese instante el profesorcillo era yo.
- A varios sitios, aquí y allá - dijo algo esquiva.
- ¿Y tu madre te deja viajar así como así? - escupí, como el tutor que te pone falta.
- Ella hace tiempo que está en la cama. Pero tengo padre, está lejos. Es marino mercante, no lo veo desde los tres años - sus hojas de palmera revolotearon por el parque al pronunciar esas palabras.
- Ah... ¿Y tus abuelos? - continué con el árbol genealógico.
- Mi abuela falleció cuando yo era un bebé. Y mi abuelo también está acostado en casa - confesó con naturalidad.
- Pero alguna vez se levantará... - presioné agarrando los estribos.
- No, nunca. Mi madre y el abuelo - me narró - están en la cama desde antes de que yo naciera, llevan años acostados. No se levantan desde que se inventó el mando de la tele. A mi abuelo lo estoy convenciendo para que se levante ya. Estoy segura de que lo hará un día de estos. Ha cumplido como 102 años; y el ejercicio físico le da pereza. No obstante, la semana pasada me preguntó si el suelo estaba muy frío.
La historia, de tan extraña, me pareció creíble. Así que decidí no hacerle más preguntas indiscretas. Sin embargo, no quería dejar de hablar con ella. Me salvaron sus buenos modales.
- Y bien, Luis, ¿a qué te dedicas tú? - inquirió estirando su cuellecito.
- ¿Yo? Pues... - de nuevo estaba algo aturdido.
- ¿No trabajas? Se supone que a tu edad deberías estar trabajando... - sonrió.
- Tú también pareces un poco prejuiciosa, ¿no? - le guiñé yo, y fue el mejor guiño de mi largo rifirrafe con los guiños.
- Ya, ya. Era una broma, a ver si picabas - suspiró, a la vez que se rió por primera vez. Yo también provoqué una mueca simpática y, mientras tanto, mentalmente, preparé rápidamente un discurso sobre mis últimos meses de vida. No hizo falta enunciarlo.
- ¡Espera! Déjame adivinarlo... - gritó nerviosa, colocándose el índice en la boca.
- A ver si lo adivinas - dije cruzando los brazos.
- Eres... camarero. Pero se os han acabado los langostinos y habéis cerrado el bar para salir a dar un paseo - recitó como el que da la respuesta correcta en el Trivial Pursuit.
- Más o menos. No vendo langostinos. Vendo, o vendía, ordenadores. Pero, ahora que lo dices, creo que erré mi profesión. Debería vender langostinos y comerme uno de cada dos.
- ¿Con salsa rosa?
- Con salsa rosa... y con salsa tártara... y con salsa vienesa. Con todas las salsas.
Ella sonrió generosamente mientras me miraba con los ojos más grandes, incluso, que cuando llegó a mi banco del parque. No dijo nada durante un momento, así que yo me puse a hablar, inspirado por ese juego de fantasías que me había sacado del fastidioso tedio.
- ¿Sabes? - le confesé - A mí también me gustaría viajar. Mi vocación sería escribir libros de misterio en Brasil tumbado en una hamaca en la playa mientras un camarero me trajera cócteles de langostinos. Así todo el día.
- ¿Qué es vocación? - dijo sacando a la niña que llevaba dentro.
- Pues... - dudé -. Vocación es...
- Ya lo sé, vocación es como vacaciones... - cantó, ganándose un quesito del Trivial -. Pero escribiendo libros.
- Eso es. Acertaste - acordé yo.
Ella instaló una gran luz un instante en su cara, a la vez que, seguramente, dejaba vagar su imaginación.
- Creo que se me ha olvidado preguntarte algo, he sido algo descortés - comenté bajándola del Olimpo.
- ¿Qué? - dijo.
- ¿Cómo te llamas?
- Ah, me llamo Loli. Aunque estoy pensando cambiarme el nombre.
- Me parece muy bien - le contesté; y lo afirmé con toda sinceridad.
- He pensado varios, pero ninguno me gusta del todo.
- Un nombre es un nombre - filosofé muy serio.
- Sí - asintió mimetizándose con mi seriedad.
- ¿Sabes? Los indios americanos se lo cambiaban. Cuando nacían, sus padres les ponían el nombre que mejor les iba. Un día, si se lo merecían, les rebautizaban con otro nombre. Como Bailando Con Lobos, el de la película. Los indios lo vieron en la pradera bailando con unos lobos y empezaron a llamarlo así.
- No veo la tele.
- O como Toro Sentado, o Ala Rota.
- O Mascando Chicle.
- Eso es. Pues resulta que si algún indio hacía algo que era importante o que les gustaba a los demás, le inventaban otro nombre y enseguida empezaban a llamarlo así. Por ejemplo, si yo no quisiera llamarme más Luis podrías venir tú y decirme: a partir de ahora te vas a llamar Sentado En El Parque Leyendo El Periódico.
- No me gusta. Mejor te llamaría... El Que Come Langostinos.
- Perfecto, ése me encanta. A partir de ahora me puedes llamar El Que Come Langostinos.
- Bueno.
- Y yo a ti te podría llamar... La Niña Que Viaja.
- La Niña Viajera... ¡que también come langostinos!
2. Yo y mis circunstancias.
Loli, La Niña Viajera, desapareció y yo volví a mi pin pan pun. Sólo que, en vez de ponerme a vender marisco, reanudé mi oficio de vendedor de ordenadores. Esta vez por libre, que tiene la ventaja de que el traje es opcional. También empecé a salir con Lucía, una chica bastante adecuada a mi situación en ese momento. Cosa que hice gracias a Loli. Tal vez la niña misteriosa del parque me hizo entender que no debía sumirme en el aburrimiento, que debía intentar divertirme un poco. Con Lucía me iba bien aunque, como es lógico, mi vida no estaba llena del todo. Más bien estaba todavía medio vacía. A veces, cuando volvía a casa, me acordaba de Loli y me servía sobre una bandeja unos langostinos recién pelados, con salsa rosa y un vaso de vino blanco fresquito; me iba al ordenador y escribía lo primero que me venía a la cabeza. Pero, claro, enseguida me cansaba. Primero, porque no tengo la disciplina de un verdadero escritor; y segundo, porque el trabajo de vendedor cansa mucho. Siempre llegaba a la conclusión de que era preferible leer cosas que ya estaban escritas, historias fascinantes en las que delegaba mi poco ejercitada imaginación. Así que me dormía siempre de madrugada enganchado con alguna novela de una colección de clásicos de la literatura que me había regalado Lucía por mi 33 cumpleaños. A Lucía la tenía engañada, ella creía que salía con un futuro premio Planeta. En fin, uno a veces habla más de la cuenta cuando quiere enamorar a su compañera de almohada.
Un día, después de hacer una entrega, llegué a casa y me encontré con un sobre marrón en el buzón. No tenía remite ni destinatario, lo habían traído en mano. Dentro no había ninguna carta, sólo una bolsa de plástico de las que se cierran herméticamente. Con hierba dentro. Abrí la bolsa y olí la hierba. Olía a hierba. No exactamente a marihuana, aunque la he probado sólo un par de veces. Pero la he olido muchas veces más gracias a los vecinos de los conciertos de rock a los que voy de cuando en cuando. Bajé a la calle y compré papel de fumar. No sé liar canutos, ya he mencionado que sólo he pegado unas cuantas caladas en mi vida. Pero me puse a liar uno. La trompetilla que me salió se dejaba fumar, así que me abrí una lata de cerveza, me senté junto a la ventana abierta, lejos de las bestias en hibernación de las colmenas de enfrente, y encendí el cacharro.
Lo que ocurrió a continuación es difícil de describir. Sólo puedo decir que aquel porro casi me rompe la cabeza. Di dos caladas y me convertí en un ser gigantesco. Me bebí la lata de un trago. Mis brazos eran enormes, abarcaban toda la habitación. Pude ver mi cerebro desde dentro, era un edificio lleno de compartimentos en los que en cada uno transcurría una cosa distinta. Imágenes rápidas y borrosas. Las celdas se abrían y se cerraban, yo aparecía dentro de una de ellas y avanzaba de una a otra, sin encontrar la salida. Di otra calada y mis brazos se desinflaron. Cuando dejé de buscar la luz del túnel, entré en un ascensor conectado con mi espina dorsal y subí sin parar, hacia arriba, más allá de la azotea, entre las nubes, hacia dios. En fin, para qué contar. Un infierno. Fui dando tumbos por la casa, puse la cabeza debajo de la ducha fría y me acosté. En la cama tuve que acurrucarme porque sentía hielo en los labios, los pies y las manos, imaginaba mil cosas, hablaba a gritos sin articular palabra. Los compartimentos de mi cabeza crecían, el edificio se hacía cada vez más alto, los pisos se multiplicaban. Sentí vértigo. Conseguí poco a poco relajarme, me vino a la memoria algo que una vez me dijo mi madre sobre un punto negro recorriendo lentamente mi cuerpo. Hasta que, después de mucho rato en que estuve convencido de que jamás podría dormirme, quedé inconsciente. Todo eso lo reconstruí al día siguiente, como una pesadilla de enormes proporciones.
Cuando desperté, todavía tenía una tela de araña metálica sobre mi pecho. Las partes de las que está compuesto mi cráneo parecían haberse abierto, casi podía notar el aire filtrándose por las rendijas. Pensé que un café suavizaría la sensación.
A media mañana, intenté olvidar trabajando el recuerdo de la noche anterior. Un cliente me había llamado para organizarle la memoria del ordenador. Así que eliminé los programas sobrantes y recurrí al ScanDisk, que es como jugar al Tetris sabiendo que no vas a perder. Mientras observaba la pantalla en la que multitud de cuadraditos de información se iban recolocando para aprovechar al máximo la materia gris del cerebro de silicio, me entró un escalofrío, me recorrió un sabor amargo por todo el cuerpo y tuve que pedirle un vaso de agua a mi cliente. Aún así, pregunté dónde estaba el baño, fui y vomité.
El médico me diagnosticó una crisis de ansiedad y me recomendó reposo. Después de dormir catorce horas, en las que dejé que se llenara la cinta del contestador con mensajes de Lucía, entré en el ascensor para salir a la calle y comprarme algo de comer. Durante el viaje vertical me entraron unas ganas irresistibles de ver a Loli. Quería preguntarle si era verdad toda aquella historia que me contó sobre su madre y su abuelo. Tampoco me creía mucho que su padre fuera marino mercante. Eran incertidumbres que no me atreví a plantear en su momento para evitar interferencias en nuestra incipiente amistad. Ahora me asaltaban. Es el tipo de molestia que se crea cuando cierras un libro sin que la historia haya cerrado su círculo: hasta que no retomas el relato queda una sensación de inquietud por ese futuro de ficción. Como si no supieras que los personajes en realidad son de mentiras y nunca van a morir ni a tener hijos ni a arruinarse.
Al quedarme absorto pensando en Loli, bajé sin darme cuenta hasta el aparcamiento subterráneo del edificio. Salí por el garaje aprovechando que alguien entró con su coche. Era Lucía, que tenía uno de esos trozos de plástico negro que accionan la persiana automática. Me miró con incredulidad.
- ¿Huías de mí? -me dijo rezongona mientras bajaba la ventanilla.
- No, me he perdido. Estos edificios tan complicados no están hechos a mi medida.
En la calle todo era azul y Lucía y yo decidimos entrar a un reluciente local con un luminoso de ese color que habían abierto hacía poco frente a mi casa. Después de explicarle lo de mi baja psicológica con su mano agarrada a la mía, Lucía me besó como para calmarme, aunque yo no estaba intranquilo. Más bien todo lo contrario. Ella entonces me relató con detalle sus últimas horas, todas las que habían pasado desde que no nos veíamos. Tal vez creyó que necesitaba distracción, todo el mundo cree que uno se entretiene con la vida de los demás por el simple hecho de que sea diferente a la tuya. Yo escuché pero hablé lo justo. Me terminé un plato de maní de una tacada.
- ¿Conoces a alguien que le vaya bien a Laura? -me preguntó; lo que parecía un esfuerzo por atraer mi atención-. La pobre está desesperada buscando un novio.
- Pues, la verdad, no.
- Venga, hombre, piensa un poco –gimió en un tono infantil-. Es una buena chica. Y nosotros también necesitamos a gente con la que salir.
- Yo estoy bien así –dije con brusquedad, a causa de mi estómago vacío.
- Pues yo no tanto, ¿sabes? Últimamente estás más raro... Ay, Luis, ¿qué te pasa?
Definitivamente, la conversación no estaba yendo por donde yo hubiera querido. Pensándolo bien, yo sólo había salido de casa para alimentarme. Las relaciones de pareja, si se afrontan, es mejor discutirlas con una pizza en el cuerpo. Y mejor si es una de esas que todavía la saboreas dentro de ti horas después de haberla engullido, como las pitones cuando digieren un ratón entero durante días y semanas.
- Luis, ¿podemos hablar? - dijo con un timbre suave, el más ligero que Lucía tenía.
- ¿Podemos comer primero?
El local azul no servía comidas, solamente maní. Así que Lucía y yo caminamos un poco hasta que encontramos un restaurante abierto. Nos vendieron una de mozzarella para llevar y buscamos un sitio donde dar cuenta de ella. Era una noche de primavera sin humedad, hacía bueno y fuimos a parar al parque pedregoso donde Loli y yo nos encontramos.
Hablamos poco mientras comíamos, lo cual fue un alivio y un buen reconstituyente. Era tarde, Lucía trabajaba al día siguiente, pero la mozzarella caliente le humedecía los labios sin que ella hiciera nada para evitarlo. Nos pasamos porciones, en silencio, y nos limpiamos, el uno en los vaqueros del otro, las manos aceitosas. Soltábamos risitas tímidas. Los vaqueros tienen esa ventaja, luego echas un poco más de detergente y quedan desgastados pero limpios. Terminamos bajándonos los Levi's, el parque estaba oscuro y solitario. Apartamos la caja de la pizza y follamos como si fuera parte de un ritual nutricio. El hambre de sexo puede ser mayor que cualquier otro tipo de hambre. Lucía gritaba para adentro sentada encima de mí, mirándome. Su cara era de miedo, o de placer. Estuvimos largo rato jodiendo, fue un buen polvo, sólo que ahora recuerdo más el sabor de la pizza.
Lucía se dejaba explotar los sábados. De manera que esa noche, como ya habíamos follado, durmió en su casa para levantarse temprano a la mañana siguiente. Yo tenía varios días libres por delante y fue entrar en casa y encender la cafetera, el televisor y la compu. Caldeado por el café, me acordé de la hierba. Todavía me duraba la mala experiencia del último porro pero empecé a liar otro, como dándome una segunda oportunidad. Por un lado, mis movimientos eran mecánicos, nada racionales. Y por otro, me acudían fogonazos ligados a mi experiencia con lo tóxico. El alcohol, las drogas, me sentaban siempre mal al principio. Y luego me caían peor, me convertía en un tubo de ensayo humano, engullendo casi todo lo que aterrizaba en mis manos. Mi primera borrachera de alcohol fue a los 16 años, bebí todo el whisky que se puede beber en un trayecto de veinte minutos en coche. El resto de la noche todavía está en blanco y al día siguiente hubiera querido cortarme la cabeza a la altura de la frente para evitar la presión en las sienes. Con las drogas el destino fue algo parecido. Pasé directamente de mis dos caladas de marihuana y otras tantas de hachís a una adicción a la cocaína que duró años. Pero de eso prefiero no hablar. Es un tema que ya no me resulta interesante.
“Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Rasero, Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Víctor Triviño, Claudio de Acha y María Clara Ciocchini eran jóvenes de entre 14 y 18 años. Su delito: tomar parte de la lucha pro boleto estudiantil que dieron los estudiantes platenses. Los siete chicos forman parte de los casi 6.300 estudiantes desaparecidos en manos de las fuerzas represivas, las mismas fuerzas que con la ¿democracia? asesinan a Walter Bulacio, Miguel Bru, Víctor Choque, Teresa Rodríguez, los pibes de Wilde... La careta democrática del estado burgués se resquebraja y deja ver. Para los secuestradores, torturadores y asesinos: las leyes de Obediencia debida, Punto final e Indultos. Para nosotros: la represión permanente (física y psicológica), la persecución a los jóvenes activistas y, como broche de oro, la ley Antiterrorista con la que se legaliza y se amplía la persecución a los luchadores. Estamos frente al mismo Estado, la misma clase burguesa, las mismas fuerzas armadas y policiales que secuestraron y asesinaron a los pibes de la Noche de los lápices y a los 30.000 desaparecidos. La utopía de un castigo justo dentro de este sistema capitalista, donde uno de sus pilares principales son las instituciones represivas como forma de contención de la clase trabajadora y sus jóvenes, no es mas que eso, una utopía”.
Dejé de navegar, le di al botón de mute del televisor y, empapelando mi mente con la luz azul de la calle, preparé mi porro. Lo saboreé viendo las imágenes en silencio de un vídeo en versión original, creo que Europa, de Lars von Trier, que flotaban entre el humo. Y esta vez no sucedió nada, a pesar de la atmósfera claustrofóbica y obsesiva de la película. Tal vez algunos pececillos de colores correteando por mi sistema nervioso y la necesidad de recostar mi cráneo contra el respaldo del sofá durante unos minutos. Nada más.
Dejé puesto el canal de noticias y me sentí atraído de nuevo por la pantalla del ordenador. Pulsé dos veces en el icono del procesador de textos y busqué un relato a medio escribir que hacía tiempo había estancado mis aspiraciones literarias. Cambié una coma, el corrector ortográfico no tuvo nada que corregir. Cuando iba a volver sobre el texto, me acordé de que hacía días que no había consultado mi correo electrónico. Había un mensaje:
Date: Sat, 02 Nov 2001 01:37:53 From: loli valdepeñas
Hola El Que Come Langostinos,
¿Has encontrado buenos billetes para Brasil?
Hasta pronto.
Atentamente,
Firmado: Loli
P.D: Todavía no me he acostumbrado a La Niña Viajera. De todas formas, tú eres el único que me llama así. De momento voy a seguir poniendo mi antiguo nombre. Mi abuelo se ha levantado de la cama. Me ha dicho que, al pisar el suelo, se ha dado cuenta de que la tierra está más fría que un témpano.
Era Loli. La tarjeta de visita digital había dado buenos resultados, una cd-card con mis datos y un vídeo empresarial en el que aparezco de punta en blanco exponiendo un producto de mi anterior compañía, la que me había trasladado de Madrid a Buenos Aires hacía unos meses. Le regalé la cd-card, el último y caro recuerdo de mi etapa como ejecutivo de ventas, ese día en el parque antes de despedirse muy educadamente y bailar, un pie sí y otro no, hasta perderse entre los coches con su hatillo a la espalda. Lo curioso es que me acababa de mandar el e-mail desde un cibercafé de calle Corrientes que, además, conocía por haberles vendido algún componente. Rebusqué en mi cartera de piel y encontré el número del bar de Internet.
- No se lo puedo explicar ahora, pero ¿puede decirme si hay una niña de unos diez años conectada en uno de sus ordenadores? - farfullé por teléfono
- ¿Oiga? Hay mucho ruido... - respondió un memo al otro lado. Repetí la pregunta vocalizando mejor.
- Por favor, busco a una niña de unos diez años que está justo delante de uno de sus ordenadores. Mire a ver, si no le importa. No creo que haya muchas, a estas horas.
- ¿Una niña?, ¿es su hija? - el memo era gilipollas.
- Sí, mi hija, es mi hija. Vaya a ver, por favor - supliqué.
Se oyó el auricular golpeando contra algo sólido y, consecuentemente, también contra mi oído. Así que lo separé de mi delicado tímpano izquierdo y sólo lo acerqué para escuchar al bobo decir que mi hija había pagado su media hora de conexión y se había ido. Al menos tuvo la delicadeza de agregar que lo sentía. “Ya debe de estar llegando a su casa”, me aseguró. “No estaría mal”, le respondí yo.
Mi única opción era entonces enviarle un correo electrónico a su dirección, a la espera de que lo consultase y me respondiese. Mi carta decía lo siguiente:
“Querida Loli:
Creo que te comenté el día de nuestro encuentro en el parque que pienso que la cuestión de elegir un nuevo nombre no es, como se dice vulgarmente, moco de pavo. En mi opinión, es un asunto muy delicado que requiere mucha reflexión y, sobre todo, mucha intuición. A menudo, los nombres nos son impuestos, nos los colocan como un sambenito (o como una bendición, según la suerte que tengas). Siempre he envidiado a las personas con nombres insólitos y poco comunes. Me imaginaba que detrás de esos nombres había unos padres viajeros, aventureros, un padre diplomático y una madre actriz, por ejemplo. No es lo mismo llamarse Pepe López que llamarse, pongo por caso, Jorge Rupprecht. Posiblemente, en el segundo caso se trata de un nombre heredado después de siglos de rancio abolengo. Una persona con ese nombre y apellido debe vivir sin ninguna duda en una casa tabicada por largas hileras de libros, cuadros maravillosos y esculturas ecuestres. A Jorge Rupprecht le pega perfectamente un barón o un sir delante (sir Jorge Rupprecht). Cosa que a Pepe López le casa menos. Estoy convencido de que un aristócrata que se llamara López Fernández querría cambiarse el nombre para llamarse, pongo por caso, barón López-Bornemisza. Suena mucho mejor, adónde va a parar. Pero a lo que iba: ¿Estás pensando un nombre que creas que te va mejor que La Niña Viajera?
Por favor, ponte en contacto conmigo, vía e-mail, teléfono o en persona. Espero tu respuesta.
Atentamente,
Luis (El Que Come Langostinos)”
3. La vida sin Loli.
Valdepeñas, el apellido de La Niña Viajera, había unos pocos en el listín telefónico. En esos días libres, llamé a todos. Dejé mensajes en contestadores, incluso ordené una caja de vino tinto a la delegación argentina de la empresa española del mismo nombre. Pero ninguno correspondía con el número de La Niña Viajera. Me cansé de indagar sin resultado y decidí esperar a que ella misma diera noticias.
Lucía quería casarse. Lo sospeché por un par de películas que vimos juntos y que ella había elegido, Los padres de la novia y Novia a la fuga. A mí esas indirectas me enfurecían, pero no dejaba que se me notara. Alguna vez me vi en medio de una conversación con ella y su amiga Laura sobre el reloj biológico. Las dos, rubias y tituladas en marketing, habían cumplido 30 años y ya se sentían como los jugadores de fútbol en la tanda de penaltis de una final: esa urgencia del ahora o nunca. Yo las comprendía, sólo que tenía otras prioridades en ese momento. Cuáles eran mis prioridades, era algo que todavía estaba por averiguar.
Cuando me encontraba en una encrucijada socialmente molesta, me encerraba frente a mi ordenador. Un día de esa índole, mientras consultaba sin éxito mi e-mail, me percaté de la presencia de un segundo sobre marrón (otra vez sin remite ni destinatario) sepultado bajo el teléfono negro y una pila de manuales informáticos. “Lo habrá ordenado Lucía”, pensé. Dentro estaba la cd-card que le había regalado a Loli. Quizás La Niña Viajera la perdió y alguien la depositó amablemente en mi buzón. La introduje en el lector de compact discs de mi computadora. A continuación, inesperadamente, se dibujó en la pantalla un símbolo: dos ramitas de acacia entrelazadas sobre la palma de una mano. Y letra a letra, la frase “¿Quieres jugar?”. Pulsé instintivamente en el sí. De sopetón, desaparecieron el logotipo y la leyenda que incitaba a la diversión. No hice mucho caso pero, por prevención, recurrí al Norton Antivirus, que tampoco tuvo trabajo esa noche. Comprobé de nuevo la cd-card y volvió a salir mi imagen de la sala de juntas con un rotulador en la mano y desplegando mi intrincado vocabulario informático.
Abrí de nuevo mi relato inacabado. Enseguida, en forma de arcada virtual, me inundó una profunda necesidad de oxígeno. Salí al exterior, respiré y agarré el colectivo. Salvo por una mina embarazada con la estupenda barriga al aire y un par de veteranos de las Malvinas que subieron a hacernos el verso e intentar vender alguna billetera de piel auténtica a un peso, el autobús tenía poca vida. Me apeé junto al Hard Rock Café y caminé frente a los locales decorados con efigies egipcias de cartón piedra de los alrededores de la plaza Francia y junto a los taxis sedientos de yuppies latinos recién alimentados. Sorteé un par de jóvenes paseantes calmadas por el laberinto de jardines y los puestos de venta de bisutería y echadores de cartas. Levanté la cabeza. Tal vez fue el deseo de observar cada centímetro a mi alrededor. Anduve lentamente, miré la punta de mis zapatos, sonreí a un clown que ofrecía su espectáculo envuelto por una muchedumbre, a unos malabaristas que parecían familia, a una estatua viviente de Gardel que, al dejarle caer una moneda, se arrancó a cantar: “Verás que todo es mentira, verás que nada es amor....” Y, mientras me alejaba del Centro Cultural Recoleta, me detuve en seco al escuchar a un hombre que murmuraba palabras incomprensibles acomodado sobre una de las prehistóricas raíces de un gigantesco ombú. Entre ellas, percibí: “¡Enriqueced el intelecto! ¡Enriqueced el intelecto!”. Me aproximé, iba vestido con una chaqueta incolora de paño y un sombrero de tanguero descosido por el cogote. Usaba gafas de montura de pasta y estaba asediado por periódicos. Identifiqué el Financial Times y Le Monde Diplomatique, además de un Página 12 desmembrado y desperdigado por el suelo. Sus rasgos eran huesudos y firmes, las patillas blancas le conferían un perfil marcial. “Usa la cabeza”, me espetó al volcarse repentinamente hacia mí. Me recorrió una risa por el pecho, aunque impedí que aflorara por miedo a ofenderle. “¿Sabe que sólo utilizamos el 10 por ciento de nuestro cerebro? ¿Qué me dice, qué me dice? ¡Qué me va a decir!”, gritó de manera algo agresiva. Y continuó su palabrería imitando otra voz, la que él pensaba que yo podía tener: “¡Pregúnteselo a Dios, a Darwin, al Papa, al presidente del Banco Mundial!”. “Claro, claro, usted qué va a saber. Siga sus pasos, ciudadano...”. “¡Enriqueced el intelecto!”, insistió, y se sumergió en su nube de papeles, como buscando la secreta coreografía de las danzas de la Bolsa. Rescaté del aire una de las hojas sueltas y, cuando me iba casi huyendo, oí unas últimas frases, dichas crípticamente por el viejo: “El mundo es problemático. Escucha tu primera voz, es él quien te habla”.
Me puse a escribir como loco. Transcurrieron meses, todos los del verano austral, y seguí encarcelado en mi zoo de Caballito. Me dejé la barba. Salía lo justo para ir a comprar bifes de chorizo, leche, cigarrillos, cerveza Quilmes, factura, yerba mate, empanadas criollas y bases de pizza. Me sentía enfebrecido. El texto se escribía solo, la narración avanzaba independientemente de las pulsaciones de mis dedos. Me detenía para entregar un ordenador o reparar un escáner. O para saborear un locro humeante en una taberna a la que me conducía Lucía cuando se hartaba de verme encerrado. Y corría frente a mi máquina. Ella se ocupaba de cocinar cuando venía por casa a la noche. Pero, adormilado y satisfecho, le pedía que se marchara de madrugada. Descansaba seis horas seguidas y proseguía mi misión.
La visión del viejo se me aparecía intermitentemente. “El mundo es problemático”. ¿Tu primera voz?
A finales de enero, había redactado más de tres cuartas partes de un posible best-seller en clave de thriller. Una novela de intriga política, situada en la pasada dictadura militar. La cuestión fue que metí en el correo un manuscrito huérfano de final. Al poco tiempo, recibí una llamada de la editorial incitándome a que me presentara al concurso que convocaba. “Termine su novela, tiene posibilidades”, me dijo una voz de mujer que habló después de su secretaria.
Era jueves y salté a un vagón del subte para dirigirme a la Plaza de Mayo. En esos días, mis jueves poseían un recién estrenado aliciente. Di vueltas y más vueltas en simbiosis con las madres y abuelas de Mayo. Como habría odiado que me consideraran un intruso o, lo que es peor, un fachista, me presenté en su momento como español (algo obvio al abrir la boca) y simpatizante. Las señoras me invitaban a su incansable manifestación por las erosionadas baldosas blancas, que se prolongaba a lo largo de varias décadas. Yo utilizaba los giros para meditar, aunque me asemejara a un gurú del izquierdismo o a un profeta de la gran América que quiso el Che Guevara. Ese jueves salí de la fila móvil antes de tiempo. Hebe de Bonafini, una mujer alta y corpulenta, gran batalladora, me preguntó si me encontraba mal. Me ofreció uno de los plátanos que portaba encima para combatir la diabetes. No era debilidad, aunque sé que parecía traspuesto.
“Las marchas por la Noche de los lápices tienen un perfil de izquierda bien definido. Al igual que en los escraches y parte de la movilización universitaria, el blanco de las protestas es tanto Menem como De la Rúa y Fernández Meijide marcando la continuidad con la dictadura y la complicidad con los organismos económicos internacionales. Además tienen la especificidad de ser expresión directa de la movilización de colegios secundarios, que confluye siempre con la crítica global al sistema”.
Me despedí de Hebe y me retiré a un rincón de la plaza. Me había acostumbrado a escuchar mi primera voz, la que me apuntaba en cada instante, como a los actores de antes, cuál era el siguiente paso a dar. Bajo un aspa de rayos solares que se esparcía entre árboles, anoté en mi libreta una idea, la enlacé con otra y, a continuación, con otra. Deshice el viaje subterráneo garabateando sin freno, vi la luz en Rivadavia al 5.000 y marqué el punto final unas cuadras más allá, en el ascensor de mi edificio. Transcribí compulsivamente las anotaciones de mi libreta en el ordenador, a la vez que devoraba unos sandwiches de miga. El último tecleo coincidió con la aparición del extraño dibujo de las ramitas de acacia oferentes y de otro mensaje escrito en la pantalla: “Fin del juego”. No di a leer a nadie mi novela, confié en el visto bueno dado por el ente informático y anónimo que, supuse, se había colado en mi aparato. Al día siguiente, fui al correo, envié el capítulo final y suspiré.
Oí frecuentemente la voz de la mujer de la editorial durante las siguientes semanas. Siempre con la secretaria como vínculo. Seis o siete llamadas más tarde, marcó ella misma para rogarme que asistiera, dos días después, a la fiesta de entrega de premios de su concurso literario en un lujoso restaurante de La Costanera. Lucía, excitada con la idea, aseguró que no se la iba a perder por nada del mundo, a pesar de que en su empresa estaban en plena auditoría.
La tarde de la gala todavía no me había decidido a acudir. Sobre todo porque no había vendido un puto ordenador en meses y, por lo tanto, no tenía plata para un traje nuevo. La casera me tenía simpatía pero yo sospecho que era Lucía la que se encargaba de pagar mi alquiler. Igual que era la que compraba y preparaba nuestras cenas. Me puse a ver Almorzando con Mirtha Legrand. Noté a la presentadora envejecida, quizás más de lo normal en ese entorno rosado, concheto y rococó de su plató. Tenía como invitados a su mesa de ese día al cómico Enrique Pinti y su verbo atropellado y al actor Ricardo Darín y su flema de hombre común. Cuando Legrand se despidió como siempre de la fotografía enmarcada de su marido muerto - “Hasta mañana, chiquito. Y recuerden que este programa trae suerte” -, desempolvé el terno que usaba para las reuniones de con mi ex multinacional y tomé un taxi.
Me perdí largo rato por La Boca, el barrio de edificaciones tornasoladas con melancólica banda sonora propia. La ropa tendida en fachadas de tablones azules o amarillos. Traté de memorizar cada hierro y estructura, cada grúa y buque estrafalario, del puerto. El agua de betún manchada de aceite. La mezcla de colores producía como resultado una tonalidad plateada. El atardecer dejaba centellear brillos como espejitos que piden socorro desde una balsa a la deriva.
En La Costanera, un paseo marítimo de diseño, incluso visité un barco para guardamarinas por el que no sentía el más mínimo interés. En la puerta del restaurante al que me habían citado, dudé ante una señorita con traje de chaqueta imitación de Chanel que me dio la bienvenida: “Soy Luis López, no sé si estoy en la lista”. Sí estaba. Me senté delante del cartelito de cartón con mi nombre mientras los camareros terminaban de extender, con suma exquisitez, infinidad de cubiertos a cada lado de mi plato. Entró una tropa de personajes emperifollados. Llegó Pinti, al poco, Darín. ¡Y Legrand! Dientes blancos y manos cruzándose entre sí. La voz de mujer de la editorial tomó cuerpo después de que se me presentaran, muy ufanos, el director de publicidad, la de relaciones públicas, la responsable de prensa y el presidente de la fundación, así como el jefe máximo del grupo, con sede central en España. Salvo este último, todos me dieron un beso en la mejilla. Las cámaras de televisión invadieron el semicírculo formado por los comensales en el interior de una columnata de enredaderas con aroma plastificado.
Por fin, la voz de mujer tomó la palabra sobre el entarimado, al otro lado de un atril de fibra de vidrio. Su discurso avanzaba a ritmo de cifras, estadísticas y parabienes a sí misma y los miembros de su equipo.
En las sillas vacías situadas a mi derecha - reservada para mi acompañante - y a mi izquierda - para la acompañante de mi acompañante -, se sentaron una joven de celeste, a la que no reconocí al principio, y su clon. Eran Lucía y su amiga Laura. A Lucía nunca la había visto con ese vestido. La hacía más mayor. Y el pelo recogido en una caracola, más joven. Me explicó en pocos segundos su aventura para escaparse de la auditoría, retirar el vestido de la tienda en la calle Florida, peinarse en una peluquería, maquillarse en un remís atravesando Buenos Aires... Yo le asentía a ella y al desfile de tantos por ciento de la mujer del púlpito. Unos cámaras habían decidido cegarme, así como los destellos de la sonrisa de Laura. Lucía me besó en los labios contentísima y sujetó mi brazo. “No te has afeitado”, me murmuró al oído. Por fin, los camareros sirvieron los entrantes. El principal, cóctel de langostinos con salsa rosa.
“Por unanimidad y ante notario, el jurado bla bla bla ha decidido que el ganador del vigésimo tercer certamen de literatura bla bla bla es: Luis López”.
Aplaudieron y Lucía levantó mi brazo y el resto de mí detrás de él. Floté en cámara rápida hasta el escenario y, a los tres pitidos de micro, con un cheque en la mano, un ojo cerrado y otro abierto, dije: “Muchas gracias...”.
Hubo un largo silencio adornado por el tintineo de cucharillas de plata rozando vidrio y porcelana. No me di cuenta de que ese vacío sonoro debía llenarlo yo. Allí de pie me vino a la mente, precisamente no sé el porqué, el hambre que empezaba a hacerse un hueco entre mis otros pensamientos. Intenté mirar a través de mis gafas turbias y de los focos de la fama.
“El mundo es problemático. Enriqueced el intelecto”, acerté a pronunciar.
En la entrada del local, la chica de pseudo Chanel presenciaba la escena impávida. Detrás de ella, en el vestíbulo, del otro lado del cristal, aprecié una figura de contorno diminuto. Era La Niña Viajera. Me miró durante unos segundos, hasta que un calvo con un auricular la condujo a la calle. Bajé del escenario, un grupo de periodistas me siguió con sus micros. Por el camino a la salida, atrapé al vuelo tres cócteles de langostinos que transportaba un camarero. Me puse a correr sin despedirme de nadie. Se me había manchado el traje de salsa rosa.
En el exterior, nada. Ni rastro de Loli. Deambulé un trecho abrazando las tres copas de los entrantes. Me sentí atraído por el Río de la Plata, inspeccioné el horizonte con la vista. Allá delante, a una distancia oceánica, adivinaba mi hogar. En el filo interminable de las olas. Pregunté a un pescador despatarrado en una silla plegable si picaban. Se me quedó mirando como si estuviera trastornado. Yo era un barbudo ralo con tropezones de marisco sobre la indumentaria, ahora lo entiendo. Unos metros más a la izquierda, en un banco, una chica de negro tocada con una boina verde agitaba la pierna cruzada. A su lado, Loli charlaba con ella. La joven le entregó una tarjeta digital. Lo pude ver. La niña guardó la cd-card en su mochila abultada y bailó, un pie sí y otro no, hacia un hombre mayor que se apoyaba en la balaustrada de madera. Era el viejo del ombú. Ella se amarró cariñosamente a la mano del abuelo, me obsequió con un guiño fugaz y ambos se marcharon tranquilamente. La oscuridad se desplomó del todo.
Esa noche cené langostinos en Eceiza, en la sala de embarque del vuelo de Iberia con destino a Madrid.
“La ternura de la infancia en el rostro y la utopía de la adolescencia en el alma, con los típicos delantales blancos reclaman el boleto de transporte escolar, suprimido por el gobierno militar. Creen que su demanda es justa, especialmente para los chicos pobres. Viven en La Plata y los fines de semana ayudan en las villas miseria. En esa madrugada son arrancados de sus casas por los hombres del general Camps, jefe de policía, en su plan perverso de eliminar cientos de adolescentes subversivos. Pablo Díaz sobrevive al horror y tiene fuerzas para contar lo vivido en el campo clandestino Pozo de Banfield, donde permanece cuatro meses con sus compañeros y otros secuestrados. “Estar desaparecido -dice- es recibir picana eléctrica en todo el cuerpo, que nos arranquen las uñas, estar quince días a sólo pan y agua, con una soga al cuello, las manos esposadas, los ojos vendados, los cabellos crecidos, sin bañarse. Las chicas manoseadas y violadas cada noche”.
Referencias
-
[...] Loli va de compras), conocí la blogosfera y algunas de sus insignificantemente grandes plumas, de este y del otro lado del océano.
Insignificantes porque nadie los conoce, salvo una panda de nerds a los que les gusta enclaustrarse frente [...]
Referencia de Bienvenidos a Mundo Dedé « Mundo Dedé hace 1 año y 19 meses
Comentarios
-
Good site. Me very much has liked.
Comentario de Leonid hace 3 años y 44 meses
-
hi
Why I can not insert the image into my message?Comentario de Dobrinya hace 3 años y 44 meses
-
hi
Prompt how to get rid of advertising?Comentario de Lev hace 3 años y 44 meses
-
Hi
As to me to adjust correctly time on my computer?Comentario de Ochen hace 3 años y 43 meses
-
http://www.kalenarus.com/
Comentario de Alex hace 3 años y 42 meses
-
Hey, this is very good shop! We found there all that we need by superprices. Thanks all folks who has made id! This is the link for all:
http://www.online-store-electronics.infoComentario de Scott hace 3 años y 42 meses
-
Great new site about sucking hentai sucks. Millions pics and movies girls suck dicks!
Comentario de Shona hace 3 años y 40 meses
-
Hello! I liked your site, admin is cool! recommend good and suitable site, for buying instrument and goods for house. The Discounts, cheap prices, quality and reliability. http://www.online-store-power-tools.info
Comentario de Dik hace 3 años y 38 meses
-
Hi, people!! Great new site about anal sex!!!
cute gay ass
Only best asses!! thousands photos!!!
best ass photo
Fantastic!!Comentario de John hace 3 años y 37 meses
-
{text1}, {text2}
Comentario de Ann hace 2 años y 35 meses
-
good website
Comentario de Jozef hace 2 años y 35 meses
-
cool:))
Comentario de Dick hace 2 años y 35 meses
-
cool:))
Comentario de Dick hace 2 años y 35 meses
-
Watch sexy naked girls who were too curious to find out what a really big dick is.wrestling female and maleThey asked for it! Our cam catches them in the middle of this hardcore act when their tight pink pussies are getting split open by massive juicy cocks. naked wrestling in oil Thousands of pictures with shocking close-ups of throbbing cocks being squeezed by tight pussies. Member only area. Join
Comentario de Anthony hace 2 años y 35 meses
-
good work
Comentario de Deitel hace 2 años y 35 meses
-
Chinese food, is a unique, tasty and very common cuisine which usually consists of two main ingredients. The first being a carbohydrate source such as rice or noodles. The second component that is used in chinese food can be vegetables, fish or meat.
Comentario de Dick hace 2 años y 35 meses
-
Tired of all the porn stars on the web? russian babes nudeNow you've found a site with tons of real amateurs under one roof!
teenage sex group Check out the thousands of hours of cam footage and the thousands of photos too!Comentario de Phillip hace 2 años y 34 meses
-
Pamper your pooch and enhance your decor with Art Itself's beautiful hand painted designer dog dishes. We offer a variety of designs, colors and sizes to meet your needs.
Comentario de Willi hace 2 años y 34 meses
-
I always know it
Comentario de Winie hace 2 años y 34 meses
-
NEW!!! plastic doll fetish totureWelcome to our site dedicated to hot and tight sluts taking multiple cock at once and getting their tasty pussies dripping with fresh cum.
great femdom facesitting artistsSure, at first glance some of these cum-whores may appear to be innocent girlies only looking for a good time.Comentario de Greg hace 2 años y 34 meses
-
Hi. I like your website. Thanks for the good information. Welcome to my site:
www.cell-phones-online-store.infoComentario de Cellica hace 2 años y 34 meses
-
You'll see hot babes' sweet ass holes dripping with hot cum and big firm boobs with creamy yummy mass all over. how to shave a nice and close pussy
height for a midgetExplicit images, XXX streaming videos, anal live shows, you name it!!Comentario de Cole hace 2 años y 34 meses
-
Hi
Just wanted to thank you guys for uploading such a smooth loading, informative site.
http://www.myfavouritemusic.infoComentario de Ulya hace 2 años y 34 meses
-
Hi
Just wanted to thank you guys for uploading such a smooth loading, informative site.
http://www.myfavouritemusic.infoComentario de Ulya hace 2 años y 34 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.paxchet.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 34 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.paxchet.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 34 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.pxchechert.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 34 meses
-
The panda checjet foundation is more expensive, that me
http://www.pxcheck.info/1533341.htmlComentario de Jeremy hace 2 años y 33 meses
-
The panda checjet foundation is more expensive, that me
http://www.pandach.info/1533341.htmlComentario de Jeremy hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.magribix.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.maleskin.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.maleskin.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.malexskin.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.malexskin.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.megasofting.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.megazorg.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.mettafix.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.mordox.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.meganix.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
Plaxis Ent. All about Plaxis
http://www.mattograf.info/1533341.htmlComentario de Stefany hace 2 años y 33 meses
-
What can be more natural than a perfectly shaped girl who is so natural that you just want to eat her wet bushy pussy right away! She is so horny that she keeps touching her stiff clit and hard nipples waiting for a cock. {text1}Oh by the way
Comentario de Derek hace 2 años y 33 meses
-
Bestrecipesforyou.com just got a new and improved look and we hope that you will like what we
Comentario de Nick hace 2 años y 33 meses
-
The History of Parliament is a major academic project to create a scholarly reference work describing the members, constituencies and activities of the Parliament of England and the United Kingdom.
Comentario de Billi hace 2 años y 33 meses
-
History of the United States of America.
Comentario de Mark hace 2 años y 33 meses
-
The (IHR) provides resources for historians. These resources include online articles, free event advertising, MA/PhD study, training courses, an open-access library and more.
Comentario de Ann hace 2 años y 33 meses
-
The (IHR) provides resources for historians. These resources include online articles, free event advertising, MA/PhD study, training courses, an open-access library and more.
Comentario de Ann hace 2 años y 33 meses
-
This is a private club for those that are after girls with shaved pussies. Look! {text1}They
Comentario de Jose hace 2 años y 33 meses
-
goo work
Comentario de Michail hace 2 años y 33 meses
-
Watch sexy naked girls who were too curious to find out what a really big dick is{text1}They asked for it! Our cam catches them in the middle of this hardcore act when their tight pink pussies are getting split open by massive juicy cocks.
{text2}Comentario de Daryl hace 2 años y 33 meses
-
Watch sexy naked girls who were too curious to find out what a really big dick is{text1}They asked for it! Our cam catches them in the middle of this hardcore act when their tight pink pussies are getting split open by massive juicy cocks.
{text2}Comentario de Daryl hace 2 años y 33 meses
-
Thousands of pictures featuring sluts with perfect boobs. Tons of videos with chicks playing with their sweet tits of different size and shape. {text1}You have rarely seen such perfect bodies indeed. They are made to be kissed and caressed but not to hide them in clothes.
{text2}Comentario de Daniel hace 2 años y 33 meses
-
Do you feel like watching most hardcore videos on the Net? {text1}Kinkiest actions ever? Hot babes who do crazy stuff with their clits and asses, who finger holes of their girlfirends and squirt all over the place and much more?
{text2}Comentario de Emrys hace 2 años y 33 meses
-
Do you feel like watching most hardcore videos on the Net? {text1}Kinkiest actions ever? Hot babes who do crazy stuff with their clits and asses, who finger holes of their girlfirends and squirt all over the place and much more?
{text2}Comentario de Emrys hace 2 años y 33 meses
-
They don
Comentario de Dwayne hace 2 años y 33 meses
-
What can be more exciting than fresh cute teens? Britney still wears her hair in pig-tails or pony-tails but does such downright dirty things her mom wouldn
Comentario de Alan hace 2 años y 33 meses
-
What can be more exciting than fresh cute teens? Britney still wears her hair in pig-tails or pony-tails but does such downright dirty things her mom wouldn
Comentario de Alan hace 2 años y 33 meses
-
Hi
As to me to create the same page?Comentario de Stiven hace 2 años y 33 meses