De viernes
Antes de entrar y desplomarme en el sillón, me topé en la escalera con los murmullos a media voz de los vecinos. El día había sido largo; y extraño. Tanto que el camino de vuelta a casa se me había hecho más cuesta arriba de lo normal. No sé por qué pero me bajé una parada de metro antes y tuve que andar un buen trecho hasta llegar a casa. Conté los pasos por el camino, los ojos me ardían por el cansancio. Me topé con varias ruinas humanas, lo que me obligó a hacer alguna finta psicológica. Compré una lata de cerveza fresca en la panadería de la esquina y la idea de verme ya bebiéndola, tranquilito en mi sillón, me dio el último empujón que buscaba. Los murmullos de la escalera eran reconocibles, el discurso era el mismo de cada día. Desconecté nada más entrar y no me importó escuchar pamplinas sobre problemas de pareja, trabajo, todas dichas de la forma más irascible posible. Había cubierto ya el cupo de rarezas por ese día.Había trabajado mucho, sobre todo en la segunda parte del día. Siempre me cuesta escribir por la mañana, así que dediqué mi tiempo a otras cosas. Antes de comer sólo pude tachar dos líneas de la lista de tareas previstas para el día. La jefa, decidida y algo más gorda que de costumbre, o tal vez era el pelo más corto, pasó por mi mesa sin saludar. Una hora y media antes de la salida para almorzar, me invadió una forma de tristeza. Noté que me atravesaba un alfiler finísimo desde la coronilla al estómago. Tuve un ahogo y, con la garganta cerrada, creí que iba a llorar. Me cosquilleaba la nuca, pensé en todo el tabaco que había fumado y me quedé inmóvil. Entonces miré las tres frases escritas en mi ordenador. Fuera, a través de los ventanales, se había aclarado el cielo y los árboles y la brisa lo agradecían. Decidí que no me iba a preocupar por nada que no lo mereciera, como suele ser el dinero. Ese día fui a comer con dos compañeros a una pizzería, saltándome sin que me importara el presupuesto. Ellos se rieron nada más salir a la calle, como si hubieran escuchado una orden. Yo sonreí para no faltarles el respeto pero no me alegré hasta que leí una pintada en la pared. "Boicot al francés", decía. "¡Será para el que no le guste!". Ellos tardaron un poco en reaccionar (no suelen cumplir órdenes mías) pero al rato se rieron de una manera que a mí me pareció sincera. De esa tonta manera, se disipó algo mi extrañeza.
Luego, al escuchar la rutinaria sucesión de aventuras viajeras de uno y comprobar el aburrimiento del otro, se me pasaron las ganas de terminar las frases. Yo mismo dije, ¿nos vamos? El resto del día lo dediqué a tachar líneas de mi lista de quehaceres. Pensaba, para convencerme, que cuando terminara me sentiría satisfecho. No me quedé satisfecho, pero terminé.
La sensación de una hoja en blanco por futuro me produjo un día extraño pero una noche silenciosa por dentro y por fuera. Me sentí limpio, sobre todo cuando el frigorífico decidió descansar hacia la una de la madrugada. Entonces ya había comenzado a rellenar el larguísimo agujerito que me atravesó al mediodía.
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