Restos de un naufragio
Ya todo ha ocurrido. Queda la sensación de escarcha en los labios, los vasos sanguíneos enrarecidos, una neblina en los párpados, los huesos sosteniendo músculos despojados de fibra.Al final del pasillo excesivamente iluminado, se encontraba mi habitación. Y la de ella. Allí encontramos, al poco de llegar con la ilusión de los recién casados, los restos del joven matrimonio roto que nos vendió su apartamento a toda prisa: la tarjeta erótica regalo de algún invitado a la despedida de soltero, los billetes de avión a las islas Canarias, los negativos del viaje de bodas. Ella posando al borde de una piscina, los dos abrazándose ante la cámara en la terraza de un hotel de tres estrellas, biquinis y bermudas en negro y blanco. Pero por ninguna parte hallamos la razón de aquella ruptura tan temprana, a los tres meses del casamiento. Sí estaba el camisón rasgado por la pasión de la primera noche, la cama rota producto de un efímero salto del tigre, un envoltorio de Durex caducado.
Los marcos de las puertas relucían, los enchufes de las paredes parecían acabados de atornillar, los ojos de buey todavía se dirigían a un punto: el lecho conyugal.
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