El regalo (II)
Andrés - 07-08-2005 00:06:16 | Categoria: Diario a botepronto
Ayer le di a enviar a El regalo, mi anterior post, en parte por la urgencia y en parte por no saber qué más decir. Tengan en cuenta el reto que supone colocar tu mente, en tan sólo unos minutos, en la tesitura de darle forma al regalo de tu madre, el ser que te parió. Más tarde, sentado en una mesa adornada con un pastel de limón y escuchando conversaciones de mujeres (mis tías y dos amigas de mi madre, al poco llegó mi hermana), viendo desfilar por la puerta regalos consistentes en faldas multicolores y ramos de flores (todo eran flores y colores) y ver a mi exultante progenitora disfrutando de su día (59 años no se cumplen así como así), y de sus planes de vacaciones ‘salvajes’ con sus amigas, me vino a la cabeza lo siguiente: los mejores regalos que he recibido en mi vida me los han hecho mujeres. Y no hablo de otra cosa, no piensen mal, hablo de regalos.A los 18 años, mi primera novia me regaló un reloj. En su momento era un buen reloj. Ahora también lo sería. Extraplano, negro, correa sólida, un aro metálico elegante y cautivador que al rodear mi muñeca me ayudaba a verme como lo que era, un chaval sensible, pulcro, sano, estudioso y refinado, que completaba aquella joya con un vestuario formal y deportivo digno de un joven galán de series para teenagers.
Por aquella época, mis máximas ocupaciones eran prepararme para la universidad y descubrir el amor con mi joven novia. Nos tomábamos de la mano, paseábamos por el parque, nos fotografiábamos ante palmeras y jardines, íbamos a fiestas en las que nos perdíamos en cuanto podíamos para encerrarnos en una habitación con la excusa de cambiarnos el bañador tras la tarde de piscina, música y risas. La hermana de mi amigo, el anfitrión de la fiesta, solía interrumpirnos a gritos o golpes en la puerta justo en el momento en que por fin había podido arrancar el cierre del biquini con los dientes. El pálpito no desaparecía hasta pasadas varias horas y probablemente sólo lo apaciguábamos en el interior del coche, aparcados en el recóndito estadio de fútbol con los cristales empañados de pasión adolescente. Muy inexperta al principio, algo más experta con los meses de salidas furtivas que siguieron, pero pasión adolescente al fin y al cabo.
Aquel verano mi madre me prestó el apartamento de la playa. En teoría, para estudiar tranquilo mi examen de selectividad. En la práctica, fueron dos meses de conocimiento personal, de playa, cervezas, deporte, de dulces jornadas con mis amigos y mi novia y de descubrimiento de los más vibrantes centímetros de su cuerpo y el mío. Esas primeras veces fueron inolvidables, nunca después he vuelto a sentir la existencia de partes inexploradas en mi piel, aunque (obviamente) sí en mi mente.
Otros amigos con sus parejas quisieron apuntarse a nuestro experimento vital, o quizás ellos ya habían comenzado antes su propia labor, y se instalaban en otras habitaciones tras un “ejem, nos vemos aquí en el salón dentro de un par de horas”. Aunque también en la cocina, que los hubo. Una vez hicimos un intercambio de parejas y la novia de un amigo mío (todavía lo es) entró conmigo en una habitación y, a su vez, mi novia entró con él en otra. Simulábamos que estaba pasando algo, por diversión. Pero no pude evitar que mi amigo se molestara un poco con el juego. Aquellos tiempos.
El reloj siguió en mi muñeca durante mi primer año de universidad. Despedidas al pie del autobús que me lanzaba durante semanas a 600 kilómetros de ella, trayectos respirando el perfume de un pañuelo que mi novia me regaló, la frialdad de la gran ciudad y la nostalgia de su mano en la mía, noche tras noche.
Al transcurrir el siguiente verano, aquel deslumbramiento comenzó a variar. Y el primer amor terminó por morir, pero no su recuerdo. Mi segundo año de universidad lo dediqué, casi en exclusiva, al luto por aquel amor perdido, como los poetas románticos y su rara obsesión placentera por el dolor. Todos debemos experimentar esos cambios de piel, pienso ahora: sufrir para crecer.
Hasta hace aproximadamente un año lucí un reloj de pulsera regalo de mi segunda novia. En su momento, era un buen reloj. Ahora también lo sería. En total, lo llevé en mi muñeca unos 13 años. Ese bloque de agujas y botoncitos probablemente extraídos del mecanismo de un submarino, sujetos por una gruesa correa de piel, sobrevivió a mil batallas. En dos años, mi segunda novia, a la que había estado esperando sin conocerla durante los dos años anteriores, y yo disfrutamos, salimos, bebimos y bailamos.
Mi piel se había endurecido pero no tanto como para dejar de encontrar con ella otras vías de aprendizaje íntimo. Era bellísima, como de otra manera lo fue la primera. Y así descubrí la sensualidad a borbotones, el corazón que se desbocaba sólo de pensar en ella. Y, al verla, el sexo se convertía en alimento. Mi quinto año de universidad nos separó (de nuevo, la distancia) y a raíz de esa nueva ruptura me precipité, en los siguientes cuatro años, a una serie de vivencias nocturnas que tal vez explique en un momento menos inoportuno.
Mi tercera novia no me regaló ningún reloj. Ni la cuarta, la última (por ahora). Sus regalos fueron otros, algunos los disfruto todavía: los recuerdo y los respiro. Los que recuerdo son los que más aprecio. Porque hay historias no escritas que te son ofrecidas poco a poco, tarde a tarde, con unas palabras o con otras, comenzando por el principio o por el final, con un protagonista o con otro. Te nutren y conforman tu imaginario. Y los que respiro están dentro de mí, han hecho que sea como soy, que piense como pienso y que me defienda de la vida como me defiendo. En lo que se refiere a los sentimientos, no se me ocurre mejor regalo.
Digamos que mis dos primeras novias me enseñaron a saborear los minutos, y las dos últimas, los años luz que pueden encerrar un consejo o una historia. El otro día, mirando una foto de mi última novia me recordó a la primera. Era la primera vez que la veía de esa manera. De esa forma imaginé un círculo cerrado y me sentí más sosegado. Hoy no logro acordarme de ningún regalo importante que yo les hiciera a ninguna de ellas. Salvo este mismo que ahora he escrito.
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Te ha hecho regalos sin ningun "motivo para celebrar", siempre hay algo que las madres necesitan el tiempo que los hijos ya grandes y con miles de cosas por hacer, Tiempo y atención.
Suerte con la elección.Comentario de xana hace 4 años y 51 meses
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La verdad, no sé por qué he metido a mi madre en un post sobre mis novias. O viceversa. Hay algo que chirría. Pero sí, a mi madre le regalo todo mi tiempo y atención, hasta cuando me habla de chacras o reencarnación. Antes yo no era así, era un mal hijo y un egomaníaco que no leía las recomendaciones que me hacía mi señora madre, como la revista ¡Despertad!, que periódicamente le acercaban a casa un par de señoras muy habladoras, testigos de no se qué.
Comentario de Andrés hace 4 años y 51 meses
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¿Te das cuenta toda la historia que encierra un regalo? Cada artículo se guarda un pedazo de vida, curiosamente en tu caso muchos momentos han quedado guardados entre segunderos.
Bien dices, tu tiempo (sin reloj) es justo el regalo perfecto para tu madre. Justo yo hoy pasaba por lo mismo que tú: elegir un regalo para mi papá.
Yo no sé porqué uno quiere más a las madres conforme pasan los años, no es vejez (quiero creer), es que uno comienza a comprender y de pronto la definición de "madre" no concuerda con lo que dice la Real Academia de la Lengua y te das cuenta que es algo más resumido pero más sustancioso.
Un saludo con cariño !Comentario de Mary Carmen hace 4 años y 51 meses
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Casualmente, hace unas semanas que no llevo reloj. Se empezó a retrasar porque se le acabaría la pila. Más tarde, el reloj de mi coche también se paró. Y el de la cocina de mi casa. Tengo mi reloj de pulsera abandonado en la mesita de noche hasta que compre otra pila.
Curiosamente, este último reloj me lo regaló mi madre. Es algo que podría haber cerrado este post. Quizás se detuvo voluntariamene, esperando la llegada a mi vida de un reloj nuevo, o de alguien que me lo regale.
Los segundos los marcan las mujeres, aunque ahora mismo empiezo a pensar que debo marcarlos yo mismo, sin esperar a que parezca otra ella.
Y sí, Mary Carmen, tienes mucha razón. Con el tiempo (de nuevo, el tiempo) he ido comprendiendo que mi madre es algo "más resumido pero más sustancioso". La entiendo más que antes y valoro todo lo que ella significa, he evolucionado hasta asimilar la esencia de lo que ella es, librándome de algunos prejuicios que nos distanciaban. Incluso su afición por algunas creencias esotéricas o religiosas nos han ido acercando. En lo que ella cree, yo ahora también creo, aunque de distinta manera. Cuando era adolescente, discutíamos continuamente en la mesa por esas creencias. Hace ya tiempo que no. Así que sí, supongo que ahora la quiero más o, más bien, la entiendo mejor.
Precisamente ayer hubo una conversación sobre esas cuestiones a la hora de comer, y tuve que explicarle a mi padre (están divorciados desde hace 23 años) qué era lo que realmente mi madre quería decir. Yo era su traductor, yo era el que entendía y transmitía la esencia de mi madre.Comentario de Andrés hace 4 años y 51 meses
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te amo te quiero te adoro el lunes te voy a dar un pico
Comentario de eliane hace 4 años y 50 meses
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te amo te adoro y te voy a dar un pico
Comentario de eliane hace 4 años y 50 meses
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Bueno, ya me has dado dos, eliane.
Sorprendente. No era el comentario que esperaba, la verdad. Pero alegran estas cosas.Comentario de Andrés hace 4 años y 50 meses