Vicente Ferrer: “Imagino a la humanidad caminando”
Desde que hace 50 años llegara a la India, ha encabezado una marcha multitudinaria para suprimir la pobreza y transformar la sociedad. Este catalán, premio Príncipe de Asturias de la Concordia y candidato al Nobel de la Paz, cree firmemente en que seremos una humanidad mejor.Vicente Ferrer pregunta: “Es muy tarde, ¿no?”. Han transcurrido dos horas de conferencia y sus 82 años se dejan notar después de haber inaugurado el día con una sesión de yoga y meditación, haber continuado con un viaje en coche a Valencia para entrevistarse con el presidente de la Generalitat y, de nuevo en la costa alicantina, haber escuchado a unos estudiantes de voluntariado con las caras iluminadas. Es una de las paradas de su periplo de un mes por España, que coincide con el 50 aniversario de su primera arribada a la India.
El día anterior, en un teatro poblado por ‘neohippies’ y señoras, todos deseosos de escuchar las célebres sentencias del padre Ferrer, la audiencia tal vez obtiene la reflexión esperada: “He leído en la portada de un libro: ‘¿Quieren ser felices?’. No, yo no quiero ser feliz”, se responde a sí mismo. “¿Para qué quiero ser feliz?, no saco nada de eso. Lo que quiero es hacer felices a los demás. Soy feliz porque no quiero ser feliz. Aunque no puedo evitar serlo”, dice este hombre, delgado y camisa planchada.
A menudo repite que no es un predicador. De hecho, transmite un único y básico mensaje. El siguiente: “La humanidad entera se va poder describir como una caravana, un carro arrastrado por la presente generación, las que pasaron y las que van a venir. Consciente o inconscientemente, está en marcha, dirigiéndose hacia un objetivo. Es una epopeya enorme. Yo me imagino siempre a toda la humanidad caminando hasta que los corazones de todos los hombres y mujeres lleguen a la perfección, cuando cada corazón ame a todos los seres humanos. Yo espero estar ahí. Y va a ser un día glorioso”.
La idea se traduce en una aspiración que ronda hace tiempo su cabeza. “En este momento tenemos unas oportunidades fantásticas de vencer la pobreza en la India. Y si lo logramos allí, demostramos que se puede vencer en todo el mundo”, dice como quien no quiere la cosa.
El medio de culminar lo que le corresponde de tan ingente objetivo es atraer a 30.000 colaboradores más para su fundación. Él, su esposa Anne, su hijo Moncho, los mil trabajadores indios de su organización y los dos millones personas –muchos de ellos dálits (intocables)-- a las que socorren en Anantapur (estado de Andhra Pradesh, sur de la India), lo necesitan.
“Vicente, tienes la palabra”, le comunica el presentador del acto. “¿Cómo erradicar la pobreza en el mundo? Sí que me has puesto en un compromiso, ¡madre mía! Uno de los más grandes misterios de la humanidad...”, afirma. “Cuando llegué a Bombay quería, a través del espíritu, levantar la economía. ¡Esto es un trabajo muy grande!”, se admira. Teatral, hacía que una ramita, que simbolizaba las 10.000 rupias que entonces costaba excavar un pozo, pasara de un campesino a otro. A cada pregunta suya, el agricultor de turno respondía: “Cuando obtenga mi cosecha, devolveré las 10.000 rupias”. Al término de la comedia, les preguntaba: ‘Y ahora, ¿cuántas rupias tengo?’. ‘10.000 y, además, 10 pozos’, le contestaban. “Esto es un milagro, ¿no? ¿Qué ha pasado? Si han dado tanto cuanto han recibido, no han dado nada”, expone.
El nuevo mundo de ‘father’ Ferrer congregó a millares de pobres para unirse a esa sociedad solidaria. Aquello despertó recelos entre las autoridades y Vicente fue invitado en 1969 a abandonar la India, con la promesa de Indira Gandhi de que serían unas cortas vacaciones. 100.000 personas se manifestaron para pedir su regreso.
En la actualidad, su fundación presta ayuda a 1.500 pueblos, educa a 150.000 niños, ha levantado una red de cinco hospitales, escuelas residenciales para discapacitados, agrupaciones de mujeres, pequeños embalses, han plantado centenares de árboles frutales.
A la mañana siguiente, se sienta a charlar junto a la puerta de embarque del aeropuerto, antes de continuar viaje. A su lado, Anne Perry, o Ana Ferrer, como se la conoce desde que esta periodista inglesa se casara con Vicente 30 años atrás. Suenan tres bocinazos de llamada a los pasajeros.
-Este itinerario ha sido como cuando era jesuita y le concedían un mes para salir del monasterio y pedir puerta por puerta.
-Ciertamente. Hemos ido a hablar a muchas ciudades, con todo el mundo con un deseo tan grande de saber qué es lo que hacemos, qué es lo que pensamos…
-Decía el otro día que desde el 11 de septiembre se va limando el abismo entre los países ricos y los pobres. ¿Es verdad que se está puliendo esa frontera?
-A veces, no se nota el cambio, pero estamos cambiando. Cuando los tiempos de hoy se midan dentro de mil años, se observará que, a pesar de todas las catástrofes que ocurren en la humanidad, se habían dado pasos muy sólidos para ir cambiando los colores de este mundo. Bebemos el agua dulce de un mar amargo. Hasta que toda el agua sea dulce... toda la humanidad sea feliz… Parece un cuento de hadas, pero ese es el camino de la humanidad.
-Desde 1968 se está mencionando su nombre para el Nobel de la Paz. ¿Cree que ese reconocimiento serviría para andar el camino más rápido?
-No sé para qué serviría. Yo lo miro así: ¿es esto bueno para la causa mayor de la humanidad? Cada uno de nosotros somos una pequeña parte, ínfima… No nos podemos atribuir heroísmos particulares. Es el tiempo del heroísmo de los hombres, de todos.
-Sobre todo, de los nativos de cada sitio. Porque usted es pionero del desarrollo integral, es partidario de dar las herramientas a la gente para que ellos mismos fabriquen su futuro.
-En los tiempos pasados, en la India, hubo grandes gurús a los que llamaban ‘mahatmas’, almas grandes. Hablando a los campesinos, yo les digo: el tiempo de los ‘mahatmas’, ya ha terminado. Ahora lo que necesitamos es que cada uno de nosotros seamos almas grandes, en nuestra pequeñez, en nuestro poco peso. ‘Mahatma’, un alma…grande, nada menos.
-En su juventud coqueteó con el ateísmo. Luego tuvo una revelación durante la guerra civil, en la batalla del Ebro. Y ahora, ideológicamente, ¿cómo se define? Mucha de su filosofía tiene que ver con el Tao.
-Bueno, nos han influenciado mucho las actitudes y filosofías orientales. Evidentemente, nos ha influenciado, son admirables, ¿verdad?
-¿Ha encontrado un punto de encuentro entre el pensamiento oriental y el occidental?
-En la India todo es sagrado, el nombre de Dios está por las calles, a veces tirado por el suelo. Yo todo lo veo a través de los hechos, la luz de la razón a veces es más importante. Pero si no quieres a Dios, no puedes gobernar un país. La síntesis es que el pensamiento tiene que abarcar la tierra y el cielo.
-En usted permanece siempre el concepto de la providencia. Sin ir más lejos, ha dicho que la providencia le trajo a Ana.
-Estaba ya destinada de antemano.
- (Ana) Él dice siempre que yo soy el ángel que protege a todo el mundo en Anantapur. No sé si soy un ángel, pero Vicente dice siempre que lo soy.
-Usted, que lo ha visto sobre el terreno, ¿cuáles cree que han sido los resultados de la obra de Vicente?
-(Ana) Como de la noche al día. Durante estos 30 años en Anantapur hemos realizado mucho, a veces me sorprendo de que hayamos realizado tanto. ¿Cuáles son las causas? Una se sienta aquí, es Vicente. Otra es que en Anantapur tenemos una organización muy fuerte, un equipo de directores muy bueno, muy bien formados y profesionales y dedicados a nuestra obra.
Se oyen otras tres bocinas. Vicente Ferrer se marcha a paso lento del brazo de Ana, saludando a todo el que se le acerca.
Para contactar con la Fundación Vicente Ferrer: www.fundacionvicenteferrer.org
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Comentarios
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Saltando de un sitio a otro he acabado aquí.
Abrazos Mr. Todavía desconocidoComentario de Maga hace 4 años y 52 meses
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Abrazos, Maga. No te conozco, pero me suena tu cara.
Comentario de Andrés hace 4 años y 52 meses