Una bandera y tres golpes de nudillos
Andrés - 08-09-2005 13:23:22 | Categoria: El ejemplo de mi abuelo
La muerte de mi abuelo sobrevino de manera plácida. La llegada de ese último momento nos sorprendió a la familia como la muerte de un ser tan querido suele sorprender. Pero no fue un golpe inesperado, sino una paulatina sucesión de hechos que nos permitieron darnos cuenta de que el abuelo estaba ya muy viejo. Lúcido pero cansado. Si su cabeza rendía, hospedaba y transmitía claridad de ideas, su cuerpo acusaba el trajín de toda una vida.Falleció una mañana de marzo, rodeado de sus cuatro hijos. La mujer que lo cuidaba, una señora colombiana, le oyó decir unas horas antes cuando le preguntó cómo estaba: “Esta mañana, me encuentro muy cansado”. Llegaron al piso de la calle de Aspe Helia, Alicia, Antonio y Nazario, sus hijos, se despidieron de él y al rato descansó. Así fue su vida, mi abuelo nunca dejó nada sin hacer. Sólo se fue cuando supo que había llegado el momento, con los seres que más le querían a su lado, tomándole la mano.
El funeral de mi abuelo fue laico. Conociendo su rectitud ante esos temas, algo sobre lo que he ido indagando después, no era de extrañar que la ceremonia de su despedida fuera diseñada por él mismo, varios años antes, con esas características: ausencia de flores, de ceremonia y símbolos religiosos; una ramita de acacia debía ser colocada sobre el féretro, que debía ir cubierto por la bandera tricolor; su cuerpo debía ser incinerado, y sus cenizas repartidas entre los nichos de su madre y de su esposa.
Salvo por la presencia espontánea de coronas de flores (como es costumbre en esos duelos), todo se hizo según su deseo, así que no se pudo entregar el importe de las flores como donación a la Cruz Roja (organización de germen masónico), como él dejó escrito. Eso sí, hubo ceremonia, una reunión laica de los varios centenares de familiares, amigos, conocidos, personas afines o no a sus ideas, de todas las tendencias políticas, que acudieron al tanatorio.
Un actor de La Carátula y amigo de la familia, José Manuel Garzón, ejerció de maestro de ceremonias y dio a conocer sus últimos deseos y, tras silencios y aplausos espontáneos, leyó un par de páginas de lo que en ese momento iban a ser las memorias de mi abuelo. Les di forma la madrugada anterior, extraídas de la transcripción de las charlas mantenidas con él unos años antes. Este es el primer pasaje del texto leído:
“El primer recuerdo de mi vida es por referencias, pero parece ser que yo lo viví. Fue mi nacimiento; en la calle de San Juan, creo que en el número 16 o 18, frente a la iglesia, donde hubo un cuartelillo de la guardia de seguridad y una escuela de niñas cuya maestra era doña Victorina, una gallega que, por cierto, estuvo presente en mi nacimiento. Y, según dicen, me cogía en los brazos y me llamaba “¡Nazariiiño!”, como gallega que era.
Mi madre me contó que estaba también mi tía Dolores que, por cierto, cuando nací dijo: “¡Mira, mira, mira, mira c’ojones tiene, mira c’ojones tiene!”. Se refería a los ojos, no... no a otra cosa.
Y de mi nacimiento, pocas cosas más. Que doña Victorina se había encaprichado del niño recién nacido, que era una señora muy simpática y no la he podido reconocer. Ni conocer, mejor dicho. Solamente que, cada vez que iba con mi madre al cementerio, después de pasados los años, le echaba una flor al nicho de doña Victorina.
Bueno, pues nací. Nací en Elche el 28 de julio de 1911, hijo de Antonio González Hernández y de Antonia Monteagudo Olmos. Mi padre, nacido en Molina de Segura pero recriado en Murcia capital. Y mi madre, nacida en la Era Alta, una pedanía de Murcia. Mi madre se dedicaba, naturalmente, a sus labores. Mi padre era floricultor, horticultor y arboricultor. En realidad, todo eso se resumía en que hacía el oficio de jardinero. Como en Elche, donde hoy está la Glorieta, se había hecho un jardín, don Andrés Tarí, el jefe político de la época, lo contrató como jardinero municipal. Desde ese puesto, diseñó y realizó la vieja Glorieta.
¿Por qué nazco en Elche? Pues nazco en Elche debido a que mi madre, cada vez que tenía que dar a luz, y eso fue diez veces, se iba a Murcia. Menos la última vez, que se quedó en Elche y entonces pude nacer yo en la ciudad de las palmeras, del Misteri y de la Dama”.
Hubo muchos silencios durante esa ceremonia laica. No había sacerdote alguno que llenara esos vacíos. Los asistentes contemplaban, respetuosamente, el ataúd cubierto por la bandera de la III República española, la que mi abuelo reivindicó en los años de la dictadura de Primo de Rivera y, desde organizaciones republicanas juveniles, durante los años que antecedieron al recordado 14 de abril de 1931, el día de la proclamación, una fiesta popular celebrada en plazas mayores de todo el país mientras Alfonso XIII tomaba las de Villadiego. La bandera que defendió en el frente de Madrid, en oficinas de Comandancia, durante la batalla de Brunete y, en los estertores del conflicto, en primera línea. La bandera de la que luego, el 28 de marzo de 1939, se tuvo que despedir al embarcarse en el Stanbrook, un carguero británico repleto de republicanos y sus familias. La que luego añoró y recordó durante su exilio en Argelia de casi diez años. La que mencionó cada día, con una actitud pedagógica y una dedicación política incansables, durante todo el franquismo, la transición y la democracia. 89 años de lucha por un ideal.
Terminaba la ceremonia silenciosa cuando los familiares más cercanos nos reunimos a su alrededor, de forma espontánea. Algunos dejamos nuestros asientos paulatinamente, como movidos por un resorte. Otros contemplaron la escena a unos pasos de distancia. La entrada en la cámara incineradora era inminente. El silencio continuaba. Pero se rompió. Se quebró de cuajo cuando mi hermano Héctor gritó, desde el ardor de sus 22 años y del fondo de su alma, “¡Viva la República!”. Los congregados respondieron con un “viva” unánime y sonó una larga salva de aplausos. Había fotógrafos y cámaras de televisión. Abrazos, revuelo, asistentes que empiezan a dirigirse al exterior, y el féretro que es trasladado hacia una esquina de la capilla del tanatorio. Sólo lo acompañó Jorge López Bernal, amigo íntimo, correligionario y hermano masón. Con la sala vacía, desde la puerta que daba al exterior, lo pudimos ver: Jorge se acercó al féretro, pronunció unas palabras privadas, secretas, discretas, dio tres golpes con sus nudillos en el ataúd y levantó un brazo, a modo de despedida, de separación dolorosa y definitiva.
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Me emociona muchísimo este relato. Definitivamente pienso que cuando personas como tu abuelo se van, en realidad se están quedando.
Un abrazote con cariño!Comentario de Mary Carmen hace 4 años y 51 meses
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Tienes razón, mi abuelo se ha quedado. De momento, porque a mí me dejó el encargo implícito de escribir sobre él.
Gracias por volver, Mary Carmen.Comentario de Andrés hace 4 años y 51 meses