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El fuerte Comansi

Periodista jubilado en la treintena (todavía) da pasos de ciego en pos de la escritura creativa (todavía). Y la gran obra universal, paralizada (todavía).

Relato en construcción (II; el I forma parte del II)

Título.

Volver
Recuerdos a la familia
Da recuerdos
¿En qué piensas?
La vista atrás
El repaso
Memories (del inglés y valenciano)
Si mal no me acuerdo
Yo me acuerdo
¿Recuerdas?
¿Te acuerdas?
Sí, me acuerdo (memorias de Mastroiani)
Heridas
Escrito en bronce

Referencias.

Stanbrook. Memorias de un exilio
Cuento de Borges (Funes el memorioso)
Carnaval
Palombela rosa (Yo me ricordo)
Totó el héroe
Canción ‘Volver, volver’

Sinopsis.

Ese verano, Saúl está sentado frente a una mesa en el porche de la casa de campo familiar mientras escribe en un cuaderno. Los grillos ponen la banda sonora a la tarde todavía asfixiante de agosto. Saúl escribe y a la vez cuenta en voz alta una imagen que se le ha quedado grabada: la de una chica que vio salir del mar y a la que observó mientras caminaba por la arena todavía con mil gotitas de agua sobre su cuerpo.
Su hermana pequeña se desliza junto a él y le dice que no haga ruido, que Nejune y ella van a darle un susto a su padre. Hace un gesto con un dedo sobre la boca a su amigo invisible para que guarde silencio y se dirige al pequeño jardín en el que duerme en una hamaca el padre. La niña se acerca sigilosa, nerviosa y divertida, al padre. Está dispuesta a darle un susto. Cuando está junto a la hamaca, el padre se adelanta y le da un susto estruendoso que hace a la niña brincar por la sorpresa y luego correr divertidísima otra vez hacia la casa. La niña pasa a toda velocidad junto a su hermano y entra en la casa por la puerta principal.
La casa está repleta de la luz del verano. La habitación principal está llena de cuadros a medio pintar y un par de ellos en caballetes, uno ya terminado. Hay tubos de pintura y pinceles por todas partes. Los cuadros están en una especie de salita mora: dos taburetes, un puf, alfombras y una mesa con una bandeja de plata labrada encima. La niña frena su carrera y se queda mirando fijamente el cuadro terminado. Se sienta en el suelo, sobre una alfombra, para verlo más cómoda. Su cara resplandece.
El padre se levanta lentamente de la siesta, pasa al lado de su hijo y sonríe. Le toma prestado su vaso de ron y le da un sorbo. Va vestido como un árabe, con una túnica blanca hasta los pies, y lleva algunas flores diminutas en los rizos del pelo y la barba. El padre entra en la casa arrastrando las babuchas.
La niña, al verlo llegar, se levanta dando gritos de socorro, auxilio y muerta de risa. Él hace como que va a atraparla, pero ella se escapa y corre hacia su madre, que está poniendo la mesa. La madre, que está despeinada y lleva un delantal y unas alpargatas, retiene a su hija y le pide que le ayude a colocar los cubiertos de plata. El padre le pregunta a la madre quién va a cenar, que si tienen invitados. Ella duda, dice que no, que no lo sabe, pero que quiere que esté todo bien preparado, que no falte nada. Vuelve a la cocina, en la que humea una gran olla. El padre la sigue e inspecciona el interior de los cacharros: es cus cus. La madre le pide que la deje sola y le da unas flores que ha colocado en una lata vacía de aceitunas para que las ponga en la mesa. El padre se queda mirando la lata pero obedece.
Saúl sigue escribiendo frente a la mesa. Narra detalles de su imagen: la chica mesándose el pelo, dejando un rastro de pequeños lunares de arena mojada, y él en la playa agachándose y recogiendo uno de esos pequeños círculos de arena húmeda, que se le deshace en la mano. Cuando vuelve en sí, está agachado en el porche mirándose la mano vacía y frente a él hay un piloto de aviación de los años 50. Se quedan mirándose. El piloto lleva la bufanda al viento, como si estuviera en pleno vuelo. El piloto le saluda y le pregunta si llega a tiempo para la cena. Él le dice que sí, que todavía faltan un par de horas. El piloto le da las gracias y entra en la casa. Saúl le sigue, muy intrigado.
El piloto entra, se queda mirando el cuadro terminado, y sigue hasta la cocina. Allí se encuentra con la madre, que está como loca entre los cacharros y la tabla de cortar verduras. Ella se vuelve, se queda estupefacta al verlo, se limpia las manos en el delantal y le dice que siente su aspecto, que sea bienvenido, que esa es su casa, que le estaba esperando.
La familia y el piloto cenan cus cus. La madre, ya emperifollada, le pide muy atentamente que les cuente alguna de sus experiencias como aviador. Él relata: era una noche con una meteorología bastante inestable, tenía que cubrir el vuelo entre Orán y Alicante, la avioneta era antigua, la guerra había dejado la flota de su compañía totalmente maltrecha, el aire entraba por todas las rendijas; llevábamos a una familia, un matrimonio, dos chicas jóvenes y un niño de 10 años, con sus baúles; pero su experiencia como piloto le permitió que el trayecto fuera como la seda, a pesar de los baches. Lo cuenta con mucho entusiasmo. La madre abre los ojos como platos mientras le escucha. Enseguida, sale de su asombro y bromea con la idea de que haya baches en el cielo, como los de las carreteras, como si hubiera agujeros en las nubes y los obreros tuvieran que subir a taparlos. Todos sonríen. El padre comenta que su mujer hizo un viaje como ese tiempo atrás, cuando era una chica joven, a la vuelta del exilio de sus padres. Todo se queda ahí.
A la hora de cenar del día siguiente, Saúl está fantaseando de nuevo con su imagen de la chica de la playa, habla de la sal impregnada en el vello de su antebrazo. La hermana pequeña está en el suelo jugando a las cartas con Nejune, su amigo invisible. En ese momento aparece una mujer espectacular, de unos 30 años, alta, delgada, con un pañuelo en la cabeza y sofisticadas gafas de sol, vestida al estilo de los 60. Pregunta en francés a Saúl si llega a tiempo para cenar. Él responde entusiasmado que sí, que ahora mismo iban a sentarse a la mesa. La mujer le da las gracias en francés y entra en la casa. Saluda al padre, en francés, que le besa la mano. Le estaba esperando, le dice a la mujer. Ella se pone coqueta.
La familia, la mujer y el piloto cenan cus cus. El padre le pregunta si sería tan amable de recitarles algo. La mujer dice que encantada y comienza a interpretar un extracto de ‘La noche de Molly Bloom’, todo muy afectado. El padre exclama que es una gran actriz, que le recuerda a aquella vez en el teatro Olimpia de París, en el 62. Ella responde que aquella interpretación le dio la gloria.
(...)

Actualización.
La idea de este relato o sinopsis o tratamiento de guión de cortometraje era contar la convivencia de una familia con sus recuerdos, físicamente. En unos días de aplatanamiento, pantalón corto y cri cri de chicharras veraniegas, la familia recibe la visita de dos seres extraños y excepcionales, un piloto de los años 50 y una actriz de los 60. Llegan como por arte de magia y se quedan a cenar y, por lo que se ve, también a dormir y a vivir. Para alegría inicial de las personas que los habían convocado sin saberlo: la madre al piloto y el padre, a la actriz.
Tal mágica situación despierta las envidias de los hijos. Los hijos poseen el recuerdo de dos seres intangibles que también quieren recuperar: la niña a un amigo invisible y el hijo adolescente, a la imagen de una chica en la playa. Pero ni el uno, una especie de Pinocho sin madera, ni carne ni hueso, ni la otra, la idealización del amor, aparecen.
La noticia de la presencia de esos visitantes tan estrambóticos corre por el vecindario, y el mismo día el pueblo entero quiere recuperar sus recuerdos más preciados. Pero la magia no vuelve a producirse.
La actriz y el piloto se instalan como miembros de hecho de la comunidad, para regocijo del padre y de la madre. Y para resquemor del resto de los vecinos, que ya se han enterado bien enterados después de la entrevista realizada a los dos recuerdos en la televisión local.
Un día, al piloto le empieza a desaparecer la bufanda (que, recordemos, siempre llevaba ondeando al viento). Esa tarde, después de la estupefacción de la madre, viene la del padre: a la actriz le está desapareciendo el pañuelo que lleva como turbante. Esa noche, en la cena, al piloto se le oye entrecortado, como un móvil sin cobertura. A la actriz, se le oye repetir constantemente "mais, oui, monsieur", le pregunten lo que le pregunten. Al padre y a la madre se les nota apesadumbrados.
¿Cómo terminará? ¿Alguien quiere participar? ¿Tal vez habéis querido recuperar alguna vez un recuerdo? ¿Físicamente?
Ahora es vuestra oportunidad.


Actualización. 24 de septiembre de 2005.
Tengo un recuerdo de algo que todavía no ha ocurrido. Es algo que le pasa a todo el mundo. No es un dejà vu ni una regresión ni una progresión al futuro.
Hay gente que ha visto que dentro de 3.000 años la Tierra será un lugar maravilloso, de gente feliz. Yo no termino de creérmelo. De todas formas, hace 3.000 años había gente feliz, e infeliz, ¿por qué no en 5005?
Mi chica de la playa, la de las gotitas de mar atrapadas en su vello erizado (siempre me da por las chicas en la playa) fue el recuerdo de lo que no ocurrió, sólo que se transforma en una chica con bolsa de Vuitton cuando la nostalgia otoñal empieza a aparecer.
Mi chica con bolsa de Vuitton es el recuerdo de lo que no ocurrió. Pero ocurrirá, vaya que si ocurrirá. Es la diferencia. Ayer le llegó mi primer regalo, era una película y una carta de amor, por lo tanto, ya somos novios. Yo la recuerdo cada día, sobre todo a la mañana siguiente, como hoy. Ayer hablamos más de 500 minutos, eso sí que fue un regalo.
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