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El fuerte Comansi

Periodista jubilado en la treintena (todavía) da pasos de ciego en pos de la escritura creativa (todavía). Y la gran obra universal, paralizada (todavía).

Recuerdos (I)

Una casa en la orilla del mar. En el exterior, un mangle con una hamaca caribeña colgada entre dos de sus ramas. En una de ellas, un avispero habitualmente apacible. En el umbral y siempre abierta, una gran puerta de madera que deja pasar, entre sus listones azul marino, haces de luz. Ya en el interior, sin vestíbulo, un amplio espacio amueblado con dos caballetes que sostienen cuadros a medio pintar y un conjunto de salita mora consistente en un puf dorado, sólidas sillas de madera y una bandeja redonda, labrada y plateada, pensada para tomar el té pero, en la práctica, solamente un símbolo de la hospitalidad del hogar. En un lateral de la habitación, una gran mesa de mimbre y cerámica alegrada por grandes flores. La casa se guarda de los calores gracias a la penumbra y a la sombra benévola del mangle, que permite el préstamo entre el exterior y el interior y ejerce de filtro de claroscuros, paletas de atardeceres y gamas de amarillos, según el momento del día.
"Un millón de pequeñas gotas de agua salada cubrían su piel. Largos cabellos con sabor a mar. El Mediterráneo todavía recorría pecho y vientre", escribía yo, según lo recuerdo ahora. Eran días para el ánimo soñador, acompasado por el abanicar de las hojas y el crujido lírico de las chicharras. En el silencio de la siesta, la familia dormía antes del bullicio nocturno. Y yo garabateaba en una libreta de tapas negras. Recuerdos.
En el árbol cuelga una hamaca y dentro de la hamaca dormita un hombre. Su cabeza está involuntariamente adornada con pequeñas flores silvestres, también la barba. Una niña, su hija, se le aproxima con mucho sigilo, paso a paso, casi con las puntas de los pies, manteniendo el equilibrio balanceando las palmas de las manos. Pero él la sorprende con un alarido juguetón y ella echa a correr alrededor de la hamaca, haciendo como que escapa a sus cosquillas.
- Hoy ha venido Nejune -se detiene ella, sin aliento-. Ha salido de la tierra y hemos jugado con caracoles secos. Luego se ha ido. Pero vendrá mañana. ¿Cuándo me vas a pintar?
"Mi hermana debe tener un amigo invisible", digo para mis adentros mientras nuestro padre ruge: "¡Os voy a pintar a los dos!". Se refiere a Nejune y a ella, que celebra con un baile de palmadas, algo absurdo, la noticia.
En fin, que intentaba escribir sobre mis recuerdos desde la hamaca colgada del mangle con avispero apacible como los respetuosos perros del vecindario, los pescadores que caminan a paso rápido la orilla, se paran unos segundos al encuentro de otro para comentar algo indescifrable y continúan, como la bachata que más bien molesta a mis espaldas, el ronroneo de las olas color azul tierra, unas crestas enanas de mar rizado que vienen de muy lejos, de los cayos y lomas verdes halados por negros de tensión en los dedos de una mano, la izquierda, y el bíceps de un brazo, el derecho, mientras se tumban sobre un tobillo, el derecho, y afilan su cuello con el horizonte seccionado por el hilo invisible del sedal. Lo curioso es que el hilo termina rompiéndose durante la prueba y el paisaje arrastrado por la fuerza del pescador, tras cimbrearse unos segundos, vuelve siempre a su lugar natural.
Finalizado este mínimo espectáculo del sector primario, me entretuve un rato más entregado a la batalla plateada y bermellón del cielo contra la tierra.
Digo que intentaba escribir cuando sucedió. Frente a mí, junto a una rama que en su extremo rozaba el suelo de arena mojada, había un hombre, mirándome. "¿Llego tarde?", me preguntó con un leve acento árabe. Tenía la piel oscura, curtida, el pelo negro, brillante. Llevaba puesto un uniforme algo gastado por el tiempo y una bufanda blanca enrollada al cuello, así como una gorra bajo el brazo. "No, todavía falta un buen rato para cenar", le respondí yo sin saber muy bien por qué, desde el fondo de la hamaca. Superado mi asombro, me incorporé y le invité a pasar. Dentro estaba mi madre rodeada de cacharros y aromas. Y, en ese momento, intentando introducir un taco de cartón debajo de una pata del frigorífico. Despeinada y acalorada, nos miró con ojos de loca (dios sabe cuánto tiempo llevaba intentando introducir el taco de cartón), se secó las manos en el delantal, sonrió como pudo y se abalanzó a darle la mano al piloto. Él, muy educadamente, se inclinó y depositó un beso de aliento en el dorso de la mano de mi madre, una mujer a la que le pirraban ese tipo de detalles. Esa noche cenamos cuscús y mis padres y nuestro invitado brindaron con grandes copas de vino tinto. Durante la cena, la que más habló fue mi madre, entre otras cosas contó con todo detalle el trayecto de la avioneta que les trajo del exilio argelino, una odisea engrandecida por el recuerdo.
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Comentarios

  1. ¡Los recuerdos!
    ¿De que viviríamos si no tuviésemos situaciones tan gravadas en la mente que mucho tiempo después le encontramos significado y sentido, generalmente cuando ya no podemos hacer nada al respecto. Pero en fin, eso nos marca.
    Saludos

    Comentario de Manuel Iguiniz hace 3 años y 48 meses

  2. Los recuerdos, sí. A veces no hemos podido hacer nada al respecto pero son útiles para que podamos hacer algo en futuras situaciones.
    A mí, en concreto, se me ha quedado incustrado este recuerdo de ficción y voy a ver si consigo quitármelo de encima con buenas maneras.
    Un abrazo, Manuel.

    Comentario de Andrés hace 3 años y 48 meses


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