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El fuerte Comansi

Periodista jubilado en la treintena (todavía) da pasos de ciego en pos de la escritura creativa (todavía). Y la gran obra universal, paralizada (todavía).

Nutrición y Hollywood

¿Se han dado cuenta de lo mal que se come en las películas yanquis? El chico y la chica quedan para cenar y, a los dos minutos, ahí se han quedado los platos sin tocar. Cuando no se lanzan la comida unos a otros, como es el caso de las series de adolescentes. Hay comedores de esas series en los que sirven la comida en vasos de plástico con tapa, como si fueran Coca-cola, para que los chavales no arrojen su contenido a la otra mesa. ¡Qué poco respeto hacia el noble arte de la gastronomía!
En ‘Mejor imposible’, una película honesta donde las haya, un Jack Nicholson (algo perturbado, eso sí) demanda cangrejos a voz en grito desde la otra punta del restaurante y, a los dos minutos, la chica (Helen Hunt) se levanta irritada y se marcha. Y los cangrejos ahí se quedan abandonados. La chica llega al hotel y anuncia que va a ordenar a recepción una suculenta cena pero, por lo que vemos, se va a la cama sin cenar.
En la mayoría de las películas de acción ‘Made in USA’ el héroe no prueba bocado en todo el metraje. Bueno, es que a veces ni duerme. Vean ‘Terminator’ y comprueben el hambre que debe pasar la pobre Linda Hamilton entre disparo y disparo.
Hay miles de ejemplos de lo poco y mal que comen los actores de Hollywood.
Pero es que, cuando les da por comer, se ponen como el quico. Homer Simpson es un buen ejemplo de gula sin freno. Sólo que los guionistas hacen comer a Homer de forma alocada como una de las críticas que plantean a la sociedad americana. El ciudadano medio se atiborra al mismo tiempo que deja en blanco su cerebro. Consume, consume y consume como un fin en sí mismo. Y ahí queda el mensaje de esta magnífica serie.
Yo diría que, cuanto más se alimentan los personajes de un film, mejor es la película. No en vano los personajes de Tarantino pasan tanto tiempo en cafeterías. Comer para poder hablar. El neorrealismo italiano colocaba en la mesa familiar una buena fuente de espaguetis con el fin de oír las discusiones de los comensales. Una de las mejores películas españolas de la historia, ‘Plácido’, basaba su argumento en una campaña navideña titulada ‘Lleve a un pobre a su mesa’. Y el pobre, cenaba.
El no va más de la afición del cine europeo por la comida es ‘La grand bouffe’ (‘La gran comilona’), en la que un grupo de amigos se reúne en una casa de campo para ponerse hasta arriba de comer y, de paso, contratan a unas prostitutas para entretenerse entre plato y plato. De 1973, esta película de Marco Ferreri con ayuda en el guión de Rafael Azcona e interpretada por Marcello Mastroianni, Michel Piccoli, Philippe Noiret y Ugo Tognazzi, es el extremo cinematográfico de la crítica hacia el consumismo. Al final, mueren.
Pero vamos, que ni tanto ni tan calvo. Más recientemente, otro director europeo, Roman Polanski, hace pasar más hambre que a un yogui hindú al protagonista de ‘El pianista’, encarnado por Adrien Brody. El judío escapado de las garras nazis se alimenta como puede ocultándose de piso en piso, de edificio en ruinas a hospital abandonado. Finalmente, con las tropas rusas a punto de tomar Varsovia, un oficial alemán se apiada de él y le regala a escondidas un poco de mermelada y un abrelatas. Gran gesto.
Recuerdo una imagen del día en el que estallaron las Torres Gemelas: estaba yo en la cafetería de un hotel de Madrid mirando absorto la televisión, rodeado por algunos turistas estadounidenses. Uno de ellos era particularmente obeso. Y casualmente, estaba comiendo. En la pantalla, en ese instante, estaban pasando imágenes de los jóvenes palestinos que celebraban el acto terrorista. Eran enclenques, alfeñiques, y estaban contentos, probablemente porque no sabían calibrar la desgracia que celebraban. El yanqui tragón no se inmutaba. Qué paradoja, ¿no? Leído 337 veces

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